martes 3 de abril de 2007

Punto sin Retorno Conocido



Sí, son sutiles silencios. –Es tiempo de olvidar ese monótono silbido que brota de los oídos al heredar otra fusión antagónica.
Se trata de susurros, tintineos, vibraciones que a nada evocan; incluso el eco de un crujir mudo desafiando la resonancia del único mutismo virtuoso.
A la combinación de dos o más de estos placeres perfectos puede llamársele armonía. Proyectada hacia una duda legítima suele interpretarse como anhelo; circunstancia íntima en la prudencia de lo simple.

El silencio es la paz de esos deseos espontáneos; incertidumbre de un momento profundo. Pausa de la tormenta satisfecha de sus verdes intensos salpicando la curvatura de las últimas gotas malabaristas en la punta de las hojas, en la rampa de los hongos, en el estómago del peñasco que sin modestia pierde palidez pintándose los siglos.
Ante la unión de dos o más piruetas líquidas tiende a insinuarse la sensualidad del néctar en la certeza de su caída irremediable; circunstancia imperceptible de gotas diluidas en un fugaz tintineo, en el fluir del riachuelo.

El matiz es la explosión de la luna sobre el rostro oloroso de las rocas, cuya perfecta ubicación casual en la tierra humedecida invita a imaginar una elemental ecuación pura: mutismo virtuoso de la esfera a punto de estallar su reputación en rocío.
La mezcla de dos o más fragancias suele confundirse con una de tantas verdades que habitan en lo abstracto-cotidiano; circunstancia por demás eventual si el murmullo de la corriente ha madurado la redondez de las piedras proponiéndote evitar el antagonismo de tus lágrimas.

Sí, la contradicción del dolor y la dicha reflejadas en tu llanto se puede definir solamente de una manera…

El Cuadro



El único sonido dentro de la vieja fábrica es esa gota renovada cada segundo en el fondo de uno de los lavabos a punto de reflejar viveza a manos del pintor; mismo que termina de tramar en su mente la suerte de los protagonistas, quienes ya se preparan para una dudosa eternidad; inmortal verano a la sombra de fúnebres árboles perdurando la dicha en lucha de contradicciones; al tiempo que procura la diminuta hondura del retrete, al fondo de la perspectiva.
Enjuaga su pincel.

-Mmm… no me convence.

-¿Estás seguro? –arremete la heroína manoteando el aire sombrío de la bóveda abandonada, con su palma izquierda inconclusa, al girar molesta sobre los talones; sin perder de vista al espécimen elegido por ella misma más allá del lienzo, al cual señala sin tregua con mirada ansiosa, fresca, brillante, a lo lejos, detrás de los muros escarapelados que el artista a su vez sabe que alguien termina de delinear en sus fronteras, a sus espaldas; sin olvidar la atmósfera espesa, refrescada por un marchito sol de invierno.

-¡Eres un indeciso! –añade la heroína dirigiéndose al vencido, desnudo al igual que ella; provisto de acertijos que no está dispuesto a usar esta vez, al igual que su creador- ¡Si sigues así nunca terminaremos con esto! –parece escuchar el maestro estas últimas palabras detrás de él; atreviéndose a diluir un poco de opalino en diminuta porción de magenta; contrastante inspiración que el vencido le reclama con disfrazada indiferencia- ¡Falta poco para el amanecer y no podemos al menos decidirlo! ¡Eres patético! –desesperada, la heroína voltea su bello rostro ofuscado hacia cualquiera de esos brillantes puntos inconclusos del tablero de ajedrez en la parte inferior derecha de la obra, donde se siguen cifrando efímeras esperanzas de paz entre latentes declaraciones de la eterna, monótona discordia; la aburrida guerra.

-Eh… creo que lo mejor será dejarlo al azar –afirma el pintor en tono inseguro, hablando a las paredes que parecen iluminarse tenues al momento de trazar ese diminuto detalle en la palma izquierda de la heroína, rozando el fruto del manzano virgen en un claro del bosque.
-¡Pero si lo tuyo es un azar de inconclusiones! –quisiera añadir el pintor palabras al lienzo ante el sentir de la heroína y la postura de su propia mujer, como si esta última se enfadara con el más tonto de sus hijos incestuosos.

-¡Es que ya no los improvisan como antes! –explota el genio tirando al suelo sus pinceles y pinturas- ¡y de eso yo no tengo la culpa! ¡Tú sabes a lo que me refiero! –su actitud reta a la esposa cuando sus ojillos taciturnos, cansados, buscan a otro candidato entre el polvo insinuante, avivado por el trazo de otro sol, ante la tregua pasajera de las nubes bajas.
La señora planta ambas manos regordetas en sus caderas voluptuosas, enardecidas por el ámbar necio del semáforo inútil, allá, en la calle, marcando sus facciones fantasmales, fastidiosas, en el espejo de cuerpo entero arrumbado en el estudio. Por su parte el maestro, arrepentido de su proceder, rescata un poco de pigmentos vivos, par de pinceles tan delgados y sucios por la tierra inmaculada. Sabe que lo menos que puede hacer es cubrir hasta donde le sea posible, en imitación marfil, el perfil de un Gabriel susurrándole al oído al Rey la estrategia en el tablero. Tal vez el escultor de matices sentirá culpa anónima, extrañas sensaciones sin causas aparentes desde el inicio de los tiempos modernos. –Si Andy Warholl le propuso al Napoleón de Rembrandt una dieta a base de Campbell’s, ¿qué martirio puede sufrir este proyecto andrógino de renovación?

-Entonces, ¿los coloco a ambos lejos del manzano para librarnos del destino? –pregunta a su pareja el pintor; persuadido por la efigie de matrona que parece juzgar su poca audacia.

-… Déjalos tal cuales –responde ella-, rezaré por ti, por mí, cuando inauguremos la exposición. ¡Mira! ¡ya sale el sol! ¡Por amor de Dios, apresúrate! –hastiada del gotear en el baño, reservado este fin de semana para el gabinete de emergencia de Seguridad Nacional.

El opalino y el magenta invaden con recuerdos tan profundos que podrían fundir, aun secos, una hostia en el mirar fulgurante de la heroína como lo harían las pupilas de un felino amaestrado en la paz; orgulloso de su destino de Alfil, cuyas lágrimas en el lavabo lograrían no sólo aclarar su postura en el combate que se avecina, incluso lo persuadirán de inundar las Torres enemigas, emboscar con una diminuta porción de rojo fuego hasta la raíz del árbol ancestral sin importarle su origen genético ni el origen de la misma genética en un azar de incertidumbres e improvisaciones de antaño.
Pisadas superfluas del indeciso: pureza en gama blanca, visos de oscura ingratitud; sin sentir, a su vez, culpa alguna. Al fin se siente libre.

Varios candidatos a la inmortalidad –tan diferente concepto a la eternidad- desfilan desfachados frente a la heroína, el vencido, el pintor y su mujer, susurrando el vestigio del frío sol, abrazando el alcohol; relampagueantes sus rostros ante el anaranjado fenecido en el espejo; convertidos en fantasmas de maniquíes de idéntica estampa. No hay nada más qué hacer.

-Ahí tienes a tu Adán –apenas articula palabra la esposa del pintor. Piensa que quizás el vencido se percatará del gris invierno que cubre el tronco inerte del manzano abandonado. Abre la puerta del estudio, escuchándose al instante el incipiente murmullo de esta ciudad que cree despertar una vez más.

Fue así como la talentosa inexperiencia asimilada y el ignorante desprecio desapercibido eligieron aquella madrugada septentrional, occidental, a sus padrastros; mientras el Creador aún no terminaba de bosquejar ese relámpago en formación a través de la ventana nebulosa del estudio.

En los escaparates, en lugar de lucir los uniformes modelo dos mil seis, varios ilusos perdían su tiempo levantando el interminable inventario de bombas.
Eva, en lencería modelo Cero, A.C., ya esperaba por él en la bodega; dando el último toque a los maniquíes grasientos, dispuestos a convertir en chorro de agua la necia gota del lavabo, en la posición conveniente, con el fin de inaugurar otra vana recapitulación de la historia moderna. Los olores eran todos suyos. Las manzanas eran todas ellas.

Gabriel, distraído, se entretenía rellenando espacios en blanco del crucigrama en las páginas interiores de uno de tantos diarios aburridos de la capital. Discretos espacios donde el Rey y la Reina alguna vez cabalgaron sin intuir la idéntica genética de dos adjetivos en extensión y contradicción; como quien le obsequia una costilla al arte en nombre de la causa.

Los modelos utilizados por el artista para culminar su obra ya se encuentran en casa. La heroína llegó antes; digno premio por adelantarse a su tiempo. A su diestra, Dios contemplando el triunvirato del cual forma parte Gabriel; quien le aconsejará algún día al Rey y la Reina en turno mudar ideales por murales en la siguiente exposición.
Un siglo después nadie recordará nada; en realidad nadie fue testigo aquella noche de la creación del mundo moderno, la imaginación ultrajada y el exquisito dolor del alma.

Hojas de Eucalipto



La atmósfera del jardín trasero de casa invita a que la vida se detenga apacible; intensa en emociones puras no sobrevaluadas.
El enorme eucalipto parece llevar la pausa del sosiego matutino con sus sombras suaves, ingenuas hasta que el viento de la tarde le otorga voz y movimiento a manera de viejo sabio desfogando violentas caricias al aire. Alicia suele suspirar profunda bajo sus ramas poderosas, sacudidas; las hojas alargadas chiflan de placer mientras ella pasa otra hoja rebelde de su libro, como si cada página se negara a ser leída, reclamada por la ventisca.
Cobijada hasta los codos con el viejo chal de estambre gris sobreviviente del último invierno antes de la guerra; el agudo ingenio de Chesterton la invita a chupar la patilla izquierda de esas gafas de añeja y servil secretaria; meditando que si la imaginación de Julio Verne colocó al hombre en la luna, no menor ha sido la osadía del inglés al meter en un artefacto volador –que a Alicia se le ha antojado a manera de aquellos cilindros marcianos de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells- a Lucifer y a Dios, con objeto de demostrar lo relativos que resultan el bien y el mal al impregnarse de ideales humanos.

A Alicia nunca le ha gustado comprar libros, le resulta obsceno tener que canjear dinero por ellos; tanto como absurdas se le han antojado siempre las colecciones de cualquier tipo, sobre todo las colecciones de libros. Lo más cerca que estuvo de una transacción semejante fue cuando burló al anciano encargado de una librería introduciendo sutilmente entre su larga falda blanca un ejemplar austero de tapa dura de El Lobo Estepario, de Hesse, poco antes de cumplir los diecisiete años; ante el susto del único novio que tuvo en su vida y que la acompañara esa tarde nublada por el rumbo de Donceles.
-¡Róbenselos! ¡Por amor de Dios! ¡Aunque sea robados, pero pónganse a leer! –fue el grito que la maestra de literatura les dirigió a sus alumnos el mismo día del hurto de Alicia; quien hacía todo lo posible por ignorar esas aburridas clases limitadas a coleccionar fechas, nombres o fríos títulos; hasta que la profesora le otorgó la llave, la clave que le demostrara a la chica lo sofisticados que resultan dones y tristezas al intentar posarse en un alma solitaria; absolviéndola semanas después el mismo Hesse del hurto material, el cual más bien resultó en incomparable ideal de restitución emocional.
Nunca ha dado plata por un libro, ni siquiera en los bazares donde la filosofía alemana, el humor inglés o las larguísimas descripciones rusas poseen una plusvalía de cincuenta centavos el tabique cuadrado.

Alicia ama su jardín. Entra en casa cuando le son imprescindibles cosas fortuitas para ella como lo son comer y dormir lo suficiente para mantenerse despierta frente a su máquina de escribir en el centro de una ciudad tan absurda que ha aprendido a sobrevivir tan sólo comiendo y durmiendo.
Pero más que comer o dormir, la ocupación principal de Alicia se concentra en escuchar la radio. Su dedo índice derecho desliza ligero el sintonizador al puro tacto al lado de su cama, entre las dos únicas estaciones que prefiere, pasando de vez en cuando de una a otra de manera exacta, sin titubeos, como quien abre o cierra una ventana; evita las óperas que siempre la han fastidiado tanto como se esfuerza por sublimar el sentir de Ravel; para luego dejarse llevar por el salero de Sony Boy Williamson cuando él mismo presentaba sus bluses a orilla del Mississippi. Esos elepés con más de quinientos noventa y un sesiones sobre la tornamesa.
Y bueno, quizás el lector ya lo sospeche. Alicia también se niega rotunda a mercar con la música. De hecho carece, premeditada, de lo que se concibe normalmente como un aparato de radio que a la vez sirviera de adorno en un rincón de la sala o el comedor fatigados de un ayer que ella ha aprendido a no ver, a no sentir, a olvidar por momentos; a pesar de olerlo y escucharlo de cuando en cuando los muebles o las puertas colgadas siguen crujiendo después de medio siglo y de un sol tan terco que, con todo y la novedosa urbanidad de edificios circundantes, sigue calentando en cortos lapsos matinales la estancia absorbida en su primor.
Los acordes, los allegros, los lentos círculos de blues brotan desde la insignificancia de un radio-despertador ante la complicidad de un eco delgado en la recámara semivacía.La estrategia es sencilla: la radio le obsequia armonías exquisitas a manera de sorpresas sin tener nunca la más remota idea de la siguiente selección. Es como si sus paredes desnudas, manchadas de humedad, estuviesen tapizadas hasta el techo por columnas de discos y más discos infinitos. En el extraño caso de no satisfacer su gusto –esos martes a las diez de la noche, con María Callas y compañía- todo lo que tiene que hacer es estirar el brazo para que el dedo experto gire el mágico botón transportándola hasta un jazz…
Acomoda el almohadón en los barrotes de la cabecera metálica de la cama, segura de que una que otra alma extraviada comparte con ella el simple gusto por vivir.
El escenario explota penumbras virtuosas. En lugar de butacas, simples camas que no llegan a tres docenas de almohadas recargadas en las cabeceras crujientes; disfrutando de la luna reflejada en la esquina de la persiana estremecida apenas a cada percusión, llevando el ritmo del sax y hasta el piano huye de su índice al igual que el boleto para el recital al que nunca irá.

La luna rasante resbaló entera por la ventana en no más de un minuto de ansiedad; suficiente para que Paganini sonriera apenado en instancias propicias de la insomne aventura; invitando a Alicia a salir a la vida.
Leer libros viejos equivale a adquirir complicidades anónimas, interpretaciones fantasmales; a encontrarse alguna vez con una hoja apergaminada o restos de pergaminos subrayados, enraizados en eucaliptos cuya fragancia es suficiente para desmentir a ciertos artistas que crearon obras de arte que de alguna manera fastidian por haber vertido en ellas un sentir profundo pero monótono.
El llanto de un violín decora pausado el desliz de la luna que se despide en los cristales altos del edificio encargado de retardar la brisa de sol cada mañana en la estancia, al frente de la casa. Es un edificio desnudo, sin cortinas, mudo, sordo y ciego –“vivo”, diría Alicia; tan vivo que Chesterton se atreve a confesar a los escritores en verdad originales como herederos del don del tormento y la nostalgia por la muerte un paso más allá de lo que Lucifer o Dios entenderían por el bien y el mal; el mismo Hesse convertido en adolescente y hasta el ingenuo intento de la maestra de literatura; transformando esas treinta y tantas camas, ahora perdidas en la oscuridad, en un multifamiliar siquiátrico con música ambiental y tantos sofás como almohadones hagan falta.
Seguramente el dueño de dicho edificio es un usurero que elevó tanto la renta provocando la muda del personal completo, viéndose en la necesidad de buscar nuevos espacios ante el beneplácito de Alicia. Ya no tendrá que verle la cara de imbécil al guardia que volteaba a verla morboso cada vez que ella echaba llave al portón de madera; esto sin contar a los choferes, empleados y las ruidosas motocicletas de los cobradores, todos ellos con rutinas absolutas comer-dormir; por lo tanto obligados, aunque sea en instinto, a verter un sentir profundo en sus monotonías; cuchicheando entre risillas, preguntándose si la bruja poseía toda una colección de chales de estambre gris y las excentricidades que seguramente brotaban maníacas detrás de la alta y austera fachada despintada de su casa; reflejadas en el andar siempre presuroso de las rudas sandalias de la mujer, dándole un toque de cartero esquizofrénico al taconeo gastado, huidizo hasta el metro; con la cabellera despeinada, canas ensortijadas a manera de olvidados adornos encendidos en noches de pasión.

Chesterton está a punto de convencerla; el piano a punto de poseerla entre fragmentos de un sax que a Paganini le hubiera gustado rozar con sus dedos para imaginar lo que se sentiría ser invitado a comer; a correr de la mano de ella a lo largo de Donceles, muertos de risa, con los ojos y el amor atormentado, allá afuera, en la vida; o compartir el lecho en un recital improvisado, al lado de la enorme biblioteca que sigue explotando en sombras virtuosas deslizadas hasta el jardín; seleccionando al tacto las mejores hojas de eucalipto para convertirlas en la siguiente cosecha de complicidades literarias; mientras su amada procura la sintonía perfecta de su propia voz recitando de memoria las dos páginas finales del libro, selladas por el viento el último invierno después de la guerra.

El Sombrero



Voltea su mirada vacilante a lo alto, hacia ese racimo de hongos maduros, pardos a la luz de la lámpara que hace pensar en las últimas horas de la tarde, en una monótona detención del tiempo. –Los lugareños ya perdieron la cuenta de los amaneceres sombríos ante el estacionario cielo encapotado del trópico.
Los gruesos tallos de aquellos hongos lucen torcidos hacia arriba al percatarse ellos mismos de que brotaron en un húmedo rincón del techo, intentando reconciliarse así con la gravedad al desear enmendar su error rozando las vigas porosas e hinchadas de las cuales germinaron; madera antigua, estropeada, crujiente; forrada en gran parte por un verde potente escurrido hasta la pared pandeada a manera de brillante terciopelo; liberando a cada segundo sucias, sonoras gotas estrelladas en el interior de un gastado sombrero de palma, ubicado a la derecha de los zapatos atascados de Raúl, quien se pregunta por simple rutina si la causa por la que describo todo esto se debe a algo que sería mejor olvidar para siempre; claro, llegado el caso que él logre recordarlo.
Tan pronto como pueda marcharse tiene planeado ir a cualquier banca de aquella coqueta plazuela –al menos evoca la plazuela en lo que intuye fue un sueño inusitado- para darse un buen chapuzón en la lluvia pertinaz, con el único fin de limpiarse el incómodo lodo de la camisa, las posaderas y hasta los calcetines fangosos.

El golpeteo de las gotas sobre el sombrero abstrae a Raúl hacia más detalles de aquel sueño. Tal parece que se trataba de un problema con las brújulas: un parpadeo fue suficiente para modificar el sentido del sol. Es posible que debido a esto los hongos en el techo se obstinan ahora en frustrar el plan, desviándose del camino; sabiendo que no perjudicaron; con suerte facilitarán algo…
“Algo”, piensa Raúl sobre la silla que rechina al menor movimiento de su cuerpo empalagoso, transpirado por el bochorno a pesar del temporal.
Algo sigue cocinándose en su cerebro a manera de reminiscencias en la noche de ayer; mientras siente escalofrío al atreverse a ver de nuevo con sus ojos enrojecidos e insomnes los hongos monstruosos, el moho tapizando techo y paredes.

¿Qué demonios sucedió? ¿Cuál es la razón por la que se encuentra en tan penosa situación?
Si al menos lo dicho o hecho haya logrado mandar al carajo a todos y a todo, sentiría alivio e incluso feliz de la vida aceptará una corta condena; siempre y cuando el oriente conserve su vocación de novedad inalterada.

-El sombrero… -susurra Raúl clavando su mirada en él, viendo indiferente el tintineo que salpica el piso terroso de la habitación cerrada- ¡Sí! ¡El sombrero!... –alertándose su cuerpo completo sobre la silla.

Al fin, milagroso, lo ha recordado todo. Es más, se pregunta si no es él y el mismo sombrero adherido quienes se encuentran posados en el techo mientras los hongos allá abajo simplemente torcieron sus tallos al brotar de esa verde alfombra poco propicia para su cultivo.
Todo es un caos, y por si fuera poco a Raúl le duele la cabeza como nunca imaginó en su vida; posiblemente debido a que existen ciertos “algos” que nunca le han llamado la atención a pesar de su importancia generalizada, ya sea a lo largo de los siglos o a la implantación de simples modas. Incluso experimenta aburrimiento sin nunca haber prestado verdadera atención hacia “eso”. Su propia naturaleza domina la esencia de esos “algos” divagantes, simplificándolos al punto de la rutina desapercibida.
Si el planeta girase al revés, el norte sería sur y los zurdos mayoría como los relojes marcarían en reversa la permanencia del gótico sobre el modernismo de versos resultantes prosas siniestras en erguida y legal rectitud: los “algos” que Raúl realmente ama.

Ahora sabe lo que le espera si no intenta huir. La única alternativa es la puerta por donde una hora antes saliera el tipo malencarado que le ordenara sentarse hasta esperar nuevas órdenes, pareciendo hundir sus botas mojadas a cada paso que diera sobre la duela desclavada.
El techo es muy alto como para pretender llegar hasta el hueco del par de ventanas alargadas por donde Raúl, inquieto, nervioso, se resigna a ver el agua resbalando caleidoscópica en barrotes y cristales empañados; y es que la eterna llovizna ha dado paso ahora a tremendo aguacero traducido en sordo sonido más allá de la pared que inaugura nuevas goteras chorreando descaradas de un extremo a otro de la habitación.
Si no fueran tan anchos esos viejos muros al menos Raúl escucharía lo que seguramente deliberan sobre él detrás de la puerta. Su nerviosismo ha dado paso a la desesperación:

-¡El sombrero! –grita de nuevo con un aullido ahogado y el chirriar extremo de la silla floja, marcándose el rostro con el barro aún fresco de sus muñecas- ¡Cómo pude olvidarme del sombrero! –acentuándose el tintineo de gotas sucias cayendo estrepitosas a la derecha esquinada de sus zapatos tan pesados que le parece mover un par de bloques de cemento al ponerse en pie, valiente, provocando el gemido de la duela. Camina despacio, mareado; con miedo, también, un par de metros hasta girar sigiloso la manija de la puerta que se atreve a abrir los centímetros necesarios para confirmar sus sospechas: antes de conciliarse con la fuerza de gravedad y las coordenadas, le espera la terrible gravedad de las circunstancias.

-¡Es que no quise hacerlo! –señala con el índice izquierdo, tembloroso, al dichoso sombrero; parado en el umbral de la puerta, la cual gira completa, entrando en el cuarto el sonido transparente del diluvio que rocía de manera salvaje la entrada de la comandancia de policía, ante la sorpresa de agentes, secretarias y los jefes dispuestos a servirse la primer taza de café del día:

-¿Y éste? –le pregunta el comandante a uno de los agentes, dejando para mejor ocasión sus dudosas astucias de conquistador en relación con cierta chica que alega no haberle estrellado una botella en el rostro a uno de sus clientes.

-Pa’ mí que viene de la capital, mi general –responde el oficial con la parte baja de sus pantalones pisoteados al mejor estilo cantinflesco y el mango de la pistola asomando entre el cinturón y su cadera de burro viejo-. Sus amigos lo han de haber abandonao' a su suerte al verlo tan alucinao'. Lo encontramos bien asustao' en una banca de la plaza. Decía el chico que “necesitaba una cabeza a la medida de su sombrero”… ya sabe, otro mal viaje.

-¡La brújula! ¡Dónde dejaron la brújula! –grita Raúl desesperado, llameándole los ojos, creando un camino de lodo casi cuajado al caminar preso de angustia hasta aferrarse de la camisa impecable del “general”- ¡El sombrero debe apuntar al sol! ¡Qué no se dan cuenta! ¡Dios debe ponerse el sombrero!

La chica alegre se alegra aún más mientras el personal completo de la comisaría voltea al instante sin perder detalle del “general” arrancando con desprecio las manos del adolescente del cuello de su camisa maculada, mientras este último pide clemencia a su fatal error. -Tal parece que se trata de una rutina más para todos en el pueblo.

Lo más probable es que todo se deba a la importancia minúscula que tienen ciertos “algos” y que a Raúl, durante toda su vida, le llamarán la atención; a pesar de que a lo largo de los siglos dichos “algos” han sido relegados. Suele experimentar fascinación sin nunca haber logrado la plenitud; al menos hasta la madrugada de ayer.
Su propia naturaleza domina la esencia de ese “algo” a pesar del todo divagante. Tal vez algún día logre simplificarlo al punto de la rutina desapercibida; consiguiendo al fin que la puerta gire al revés y la entrada sea salida como los relojes marcarán la hora de la imaginación sobre las verdades torcidas. Ese día, por alguna extraña razón que nadie comprenderá, todos se quitarán el sombrero. Ese será el mejor de los viajes.

El Sueño de Mauricio

“La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra”.

Este es el proverbio, la sentencia, el incomparable aforismo adoptado por toda una ciudad y convertido con los años en refrán que identifica a los coterráneos del insigne autor, todos ellos orgullosos de la recién inaugurada estatua de tres metros de altura del célebre escritor; el primer célebre en la gris historia de dicha ciudad provinciana; al conmemorarse un aniversario más de su prematura muerte.
El alcalde se llenó la boca de orgullo, los ojos de lágrimas y el cerebro de ideas ajenas; tomando el micrófono para recordar al hijo predilecto aquel soleado mediodía de la develación de la efigie, rematando su locución de la siguiente manera:
-¡Que Dios tenga en su santa gloria a nuestro querido amigo! ¡Mauricio: siempre te recordaremos en esta, tu gran frase que hoy se inmortaliza con letras de oro: “La filosofía del cociente aplicao’ es una premonición del nunca errar”! –dijo, de memoria.
Era tal la emoción en esos momentos que nadie advirtió, entre sombreros al aire, urras y aplausos, los terribles errores del alcalde al pronunciar la estupenda frase de Mauricio, “el bohemio”, como fue conocido entre sus escasos amigos, los cuales solían compadecerse de él al encaminarlo hasta su casa cuando lo encontraban los sábados por la mañana en cualquier esquina semejando una estatua de sal con el sol de frente y la resaca de mil demonios que lo acompañaba en sus sueños truncados tan sólo para buscar el vaso y el licor necesario; sin dejar de procurar con esmero a alguna mujer mal querida; y es que los apasionados son capaces de hundirse en todos los vicios para luego salir invictos, podría decirse; gloriosos, hubieran atestiguado algunas de sus mujeres; a pesar de que el mismo Mauricio declarara en la única entrevista que le realizara la televisión nacional, hace unos tres años, refiriéndose a su propia frase así:
-Algunos seguramente la interpretaron como el sano instinto del razonamiento cotidiano en una persona inteligente; para otros más, quizás fue un presagio fatalista; para los menos, estoy seguro, representa una teoría sin falla cuando se desea ganar el premio mayor de la lotería o un simple presentimiento llevado a la práctica, siempre y cuando se esté dispuesto a desbarrancarse en las escaleras de casa.
-Bueno, pero… ¿cuál es la interpretación del autor? –le preguntó aquella vez a Mauricio un reportero inquisitivo, intrigado por saber la verdad al intuir la mecánica de esas palabras estudiadas-, deseamos conocer la profundidad, el real significado de lo escrito por usted al final de su último libro, el cual lo ha catapultado a la cumbre de las letras hispanoamericanas.
Mauricio se encontraba cansado y algo mareado por esos cinco whiskys que en verdad disfrutó al lado de Elena, media hora antes de presentarse a esa inusitada entrevista donde él era el centro de atención; transmitida sin el menor recato desde la Patagonia hasta la Catalunya. Su nerviosismo fue el colofón, viéndose orillado a pedir que alguien le recordara la frase famosa:
-¡“La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra”! –saltó emocionada de su silla cierta periodista francesa en un casi perfecto español; viendo enamorada a los ojos de Mauricio desde la mitad de la sala repleta.
-Eh… bueno –divagaba Mauricio-, digamos que todo se debió a las circunstancias… No tengo nada más qué decir –abriendo al fin sus ojos, se levantó al instante para salir presuroso en busca de Elena, la musa de ocasión, su última provocación para ser seducido a escribir una literatura medianamente decente que él mismo sentía nunca lograría crear.

Y es que, la verdad, todo se debió a aquel sutil elixir que “el bohemio” solía fumar para lograr dormir, el cual disfrutó la noche del quince de septiembre del dos mil uno, un poco antes de apagar las luces de esa casona casi derruida donde compartía su asustada soledad. Al día siguiente se celebraba un aniversario más de la Independencia Nacional, por lo tanto Mauricio no tendría que madrugar para ir a su aburrido trabajo burocrático en la presidencia municipal.
Fue así como buscó en lo alto de su ropero hasta palpar el envoltorio de periódico, fabricando en cuestión de minutos un enorme cigarro que bien podría mandar a dormir a un elefante, con el estómago repleto de aire y de hierba.
La experiencia que vivía era más que reconfortante; hasta que en la presidencia, a unas cinco cuadras del hogar de Mauricio, las campanadas, los juegos pirotécnicos y los cohetes celebrando la Independencia provocaron que todos los perros callejeros huyeran sin tregua, los gatos se erizaran de terror y la mente del escritor bruscamente interrumpía esa exquisita sensación de relajamiento y paz interna, terminado incluso sentado sobre la cama con el corazón en un puño palpitante, debido al estruendo.
Fue el momento clave: su cerebro motivado comenzó a trabajar en diferente perspectiva, en recovecos inusitados, conectando neurona tras neurona hasta provocar la luz.

“… La filosofía inconsciente y aplicada es una premonición que nunca erra…”, pensó de tajo, sin dudas ni ensayos, como si esas palabras siempre las hubiera repasado ajenas a él mismo, obsequiándosele todas y cada una de las sílabas semejando los besos que diera en su vida sobre un espejo de agua.

Logró reaccionar antes de entrar en perfecto reposo, apagándose sus neuronas una a una como semáforos mal coordinados en cualquier calle vacía de autos y de sentido.
Luego sobrevino el sueño, en el cual Mauricio se incorporó de su cama a tientas, topándose como pudo con el switch del cuarto. El momento lúcido de creación para lograr retener la frase estaba a punto de esfumarse y el aturdimiento de su mente le impedía encontrar la pluma, el papel sobre ese escritorio apolillado, repleto de plumas vacías, papeles llenos de letras inútiles.
La frustración era pasmosa, tanto como la fuerza de esa frase que a cada segundo Mauricio era menos capaz de retener. ¡Al fin su cerebro había fabricado su propia inmortalidad, pero le era imposible plasmarla, escribirla, recordarla!


------------- & -------------



Poco antes del amanecer su rostro sereno reflejaba un gesto despreocupado que prefería analizar la forma antes que el fondo; petrificado junto a las rocas labradas de los héroes de la Independencia; viendo todos, en distinta magnitud e intención, hacia el oriente; esperando con indiferencia, Mauricio, desde aquel día, el sol levante que tantas veces lo atormentara al sufrir sus resacas de alcoba; con sus manos vacías que dejan para la posteridad tantos más poemas como amantes tuvo, a excepción de una sola de ellas; pero sobre todo esa frase inmortal que ni él mismo comprendía, tampoco supo jamás lo que significaba, menos aún por qué nunca logró recordarla, escribirla.

-¡Elena! –parecen susurrar esos labios cuando sube el sol y hasta las divisas, allá en la capital; mientras sus manos se llenan de aire ante la indiferencia de los paisanos pasando a su lado.

Coatlipotzcalotzin Hill



Casimires alfombra
películas de agua
Almacenes obscenos
violines trotando
el murmullo fugaz

Blancas llamas
truncan los cirios
sorda confesión
de sus agallas




Lugar: El único imposible de ser pisado.
Día: El mejor dentro del cielo perfecto.
Hora: ¿Tiene sentido?

Hasta oídos de Bilive
[1] llega el sonido de las truchas chapoteando en la superficie de la presa.
Baja la pequeña loma, guiado por la charla sutil de los seres acuáticos. El no sabe que son truchas. Tropieza y cae deslizándose varios metros sobre un colchón de hojarasca hasta golpearse una pierna sin consecuencias mayores con uno de esos árboles enormes, sin sentir dolor; sorpresa al encontrarse de frente con la luna reflejada en el agua. Su rostro emite otra sonrisa pero algo le impide realizar la plenitud al insinuarse tres voces repitiendo su nombre en lo alto.
De su chamarra extrae sus guantes de lana que se coloca presuroso sin dejar de sonreírle a los peces y a las luciérnagas, felices ambos de estar vivos.
El sentimiento de vida a su alrededor evade las voces que siguen llamándolo. Quizás tan sólo sea el canto del viento; o tal vez Bilive puede ordenarle a su razón no escuchar lo indeseable, lo innecesario; exigir a lo nítido atravesar la oscuridad para descubrir a las bellotas en tierra, en absoluta quietud. Bellotas indefensas rodeadas de más bellotas, un verdadero reino de la bellota.
Toma entre sus dedos cualquiera de ellas sin asimilar que ya tiene puestos los guantes; la coloca entre sus muelas. El crujir se transforma en detonación que da vida a un eco suplicante en las montañas cercanas; esto lo obliga a dirigir la mirada a su alrededor mientras escupe con torpeza los pedazos de cáscara.
Observa paciente la carne dura del vegetal de color intenso, púrpura como todas, púrpura rodeado de negro relativo. Está a punto de llevar el manjar a su boca cuando sus ojos apenas descubren a un diminuto gusano de color amarillo circundado de púrpura sombrío, huyendo del cálido hogar.
Intentando remediar la tragedia su mano temblorosa coloca la carne de la bellota en el mismo lugar donde la tomara, esperando a que el humilde mancillado recapacite; y acaso lo perdone; pero el gusano huye a toda prisa entre la hojarasca luego de contorsionarse de terror ante un Bilive desesperado, arrodillado. Su voz apagada le exige el retorno. ¡Cómo hacerle entender a un inexperto que las cosas fuera de casa siempre resultan inolvidables!
Es demasiado tarde. El gusano amarillo se esconde del mundo debajo de varias hojas podridas, las cuales Bilive admira por su nobleza al proporcionarle albergue a ese insignificante intruso de la vida, el cual nada tiene que ver con las estupideces.
Aquel eco apenas retorna desde las montañas semejando el bramido de un dinosaurio, acompañando al aliento de las alturas. Bilive, aún de rodillas, cubre sus oídos al tiempo que su dentadura se comprime y el llanto lucha por la victoria; el tiempo suficiente para que acaso aquel gusano comprenda que la tierra de la que brotara puede ser consolada por un forastero sin vocación para las tormentas.

Todos y cada uno de sus músculos faciales al fin se relajan. Todos y cada uno de sus terrores, los cuales le dan forma a la terrible metamorfosis, le hacen comprender que se le revelará la simpleza de lo abstracto cuando su propia bondad deje de ser crédula necedad, convirtiéndose en dogma perverso dirigido al mundo. La mutación de una oruga le indicará que su pasado será un error superado al recordar a quien amó sin sospecharlo.
Bilive se incorpora poco a poco sin advertir el dolor de su propia sangre quemándole el tobillo derecho. Las truchas juguetonas lo animan a caminar, a cojear sobre la ribera interminable, seguido a todo momento por una luna quebradiza bajo el oscuro resplandor de la noche.

¿Es realmente el negro el color de la oscuridad? ¿No es una fácil respuesta ante el enigma del incoloro nocturno? ¡Cuáles son realmente las tonalidades de la tiniebla! ¿Por qué entonces el día no es blanco como total polaridad de dominio?
Independientemente de que la ciencia tiene una respuesta al respecto, me gusta pensar que, quizás, la propia naturaleza del sol, si su lejana composición química es la que provoca los colores conocidos. Y tal vez otros sistemas planetarios incitan a colores imposibles de imaginar, colores primarios y secundarios. ¡Al fin “algo nuevo bajo el sol”!
El sol sigue devorándose a sí mismo; y de su cotidiano canibalismo surge la novedad: la vida renovada de todos los seres vivos en la Tierra, incluyéndonos a nosotros, seres humanos predestinados, acostumbrados, resignados a que “nada se crea... nada se destruye”; cuando es otro sol el que nos procura cada amanecer.
La rutina nos es revelada al reconocer nuestro gris optimismo como consecuencia de la perfecta nitidez de esos colores impronunciables al alba.
Por otra parte, la oscuridad permite ver más allá de lo que la misma luz nos concede; ese color inconcluso nos revela ante las estrellas, distancias invisibles al brillo.
La luz tolera lo obvio, lo cercano, lo conocido; la oscuridad lo lejano, el absurdo, la incógnita. Dentro de la oscuridad todo acontece, incluso la opción del temor a la duda. A esto se debe que el hombre siempre ha intentado enamorar a la luna, para que ella acceda al camino recto sin riesgo de perderse. Es la luna la que le impide al hombre temeroso extraviarse en el infinito de sí mismo para finalmente hallar el camino virgen que lo guíe al hogar, olvidando para siempre la vía de regreso a casa.

Bilive eleva la vista hacia el firmamento: nunca imaginó una cantidad ideal de luceros. No cabría uno más en la sincronía de sistemas y constelaciones. Es el infinito titilando al unísono simulando un suave murmullo visual. Manto azulado en su mayoría; como si la arena del mar se hubiese posado en las alturas modificando el significado de la distancia.
No existe en el cielo ningún error de luz, de muerte. El bosque ha sido decorado por un talento mayor, provocando a una importancia temporal; mostrándole a Bilive que la alegría debe ser un objetivo a corto plazo.
En su caminar pausado y precavido a través de una vereda serpenteante, salpicada por piedras y charcos traicioneros, de pronto Bilive parece reconocer entre las ramas de los arbustos y el canto de los hijos nocturnos, cierta silueta humana ubicada detrás de lo que le parece el perfil de unas rocas. Sus pasos no emiten crujir alguno a pesar de que el follaje domina los montes.
Total silencio enmarcado por ese inconcebible titilar orquestal de la concavidad celeste. Su andar sigiloso al visualizar perfecto, entre las rocas, el dolor transformado en lamento de un hombre gesticulando. ¡Qué clase de martirio soporta! ¡Por qué sufre de esa manera!... ¿Acaso sufre?
Bilive lo observa escondido tras un tronco centenario. El cuerpo desnudo de aquel hombre brilla a cada centella de luz que la noche envía a tierra; sus dedos gotean sangre –único color de la pasión conservando el matiz dentro de una película en extremo de todos absolutos-. También escurren su rostro y uno de sus muslos. ¡Qué maldito martirio vive!, con su mirada perfecta extraviada en el infinito. Ese cuerpo musculoso ya se tambalea.
El hombre advierte la presencia de Bilive, volteando bruscamente sobre su derecha. El novato siente las lágrimas de aquel desgraciado quemarle sus propios ojos. ¡Qué mirada tan tremenda!... ¡No puede ser otro!... ¡Es! ¡Es El!
-¡Soy Yo amigo, en tu personal concepción! –le dice el tormento en carne viva a Bilive sin quitarle la vista de encima.
El hombre ya se ha derrumbado sobre la alfombra de hojas secas, la cual revienta mil veces en las montañas.
Y el delirio estelar se transforma de pronto en número finito; invitando a que unos cuantos millones de neuronas muertas en el cerebro de Bilive renazcan, se amparen, comprendan; buscando justicia ante la represión de los prejuicios encaminados por la luna, por los colores de nuestro sol.

El animal es la sal. El dulce, la fruta. Sexos optimizados cuando la sangre del animal gotea su bondad sobre la carne del fruto. –La manzana cayó a tierra; lo demás es tu fábula favorita.

Y la pólvora se abrevia en simples hojas.
Bilive sigue cojeando, en dirección contraria a la cortina de cemento de la presa; en relación anversa a las remembranzas; las cuales el viento tenaz se esfuerza en tirar en los límites de la frustración. El llanto y la risa fraguando la gran escena. Máscaras nocturnales fluyendo luz propia; cotizando alto debido a la escasez de años: veintiuno de Bilive.
Seis marinos esperan turno mientras el protagonista juega con la muchacha. Todos sostenidos por su ingravidez en las olas suaves que el viento provoca sobre el agua de la presa.
El tercer marino alcanza el goce inaugural de la chica; la cual no llora más, tan sólo se relaja; al tiempo que la escena se aleja del encuadre hasta tomar el tamaño de una punta de alfiler; sin embargo Bilive sigue distinguiéndolos perfectos a cada uno, descansando y retornando hasta que al fin la alfombra de hojarasca los complace.
La hoja sobre la cual se encuentran es el todo. Una lágrima que escapa de Bilive el hermoso lago que la muchacha persigue saludando a la noche al descubrir que la única excepción veraz es la que protege y ampara a las excepciones de las reglas.
La mujer ha perdido de vista el camino de regreso a casa. No está dispuesta a defraudarse defendiendo la evasión de un mito.

Un requinto parlante sigue fluyendo de las fantasmales bocinas, allá, en lo alto. Las escasas nubes surcan hacia el sur sin sospechar que ya han nacido las rosas que salvarán al adolescente. Tampoco lo imaginan las luciérnagas que danzan alrededor de su aura simulando la veneración al conducto eléctrico positivo, de enfados amables entre ellas mismas y la punta de un alfiler; suficiente para provocar la explosión del abdomen hinchado de Bilive.
Le es inevitable la expulsión de varios gases; uno tras otro se van acomodando en el aire formando figuras caprichosas con los colores obsequiados por la naturaleza solar. Una nube con destino sur se interpone de pronto ante la luna, modificando drásticamente los matices. Ahora son colores sinceros los que configuran formas sin respeto a la imaginación; intuyendo que el acatamiento es algo que en ocasiones tiene que ver con el sentido común; nunca con el valor. Bilive se está atreviendo.

El hombre es un animal de costumbres; debido a esto, es una costumbre que el hombre sea “un animal”; aspecto que, basado en su aceptación, ha sido patrocinado como ley. Las leyes son una de tantas cosas surgidas debido a que el hombre es un animal de costumbres.

Una de las flatulencias se torna torbellino invisible que lo lanza por los aires, cayendo sobre su propio peso en algún extraño lugar.
El corredor es inmenso. La poca gente que lo camina ignora por completo la presencia en el suelo del recién llegado. Bilive se incorpora; lo único correcto en este momento es encontrar un baño público para bajarse el pantalón antes de que manche la trusa.
Coloca el seguro a la puerta y se sienta en la taza. Su vecino de necesidades puja desesperado intentando escupir aquello que tanto le estorba. Entretanto, el encargado de la limpieza de los baños avienta el agua de una cubeta que lenta acaricia las suelas de los zapatos del muchacho.
En pleno proceso Bilive descubre uno de tantos teléfonos escritos en la puerta, cuyo especial color de tinta lo invita a reflexionar.
Se sirve de pedazos rectangulares de periódicos que ilustran las esquelas del día anterior. Sale del baño en busca ahora de un teléfono público sin dejar de recitar el número para evitar su olvido. A lo largo de esos fríos corredores caminados por fríos seres humanos al fin se topa con el teléfono público tan deseado.
A su espalda hombres blancos con estetoscopios escurridos sobre sus pechos y plasma reseco en sus batas; así como horrendas enfermeras y un pobre diablo agonizando en una camilla, crucificado a dos botellas que cuelgan de un tripié.
Bilive espera respuesta del auricular:
-Estás llamando a tu subconsciente –le dice una voz femenina, insinuante-. El servicio consiste en tu cordura. El costo es de por vida. Deja tu número telefónico y te llamo enseguida... Mi nombre nunca lo comprenderías.
-¡Estoy en un teléfono público! –responde Bilive, angustiado. Además de la voz femenina se alcanza a escuchar un lejano murmullo televisivo y lo que él interpreta como sonido también lejano de máquinas trabajando; acaso un taller. La voz femenina le ordena dulcemente:
-Marca “cero” –Bilive obedece; la suave voz sigue-: Para ti, la fantasía es entrada y salida... ... ... Dime, ¿cómo te llamas?
Al fin Bilive ha reconocido la voz de su novia:
-¡Maggie! –grita por el auricular- ¡Ayúdame! ¡Estoy perdido!
-No voy a repetir la pregunta. ¿Cómo te llamas?
-... Todos me dicen Bilón Bilive.... ¡Porqué me haces esto!
-Nadie te puede hacer daño si así tú lo decides.
Bilive duda por un instante:
-¿Quién eres?
-Tal vez... tu sentido común. El teléfono que marcaste sólo tú lo conoces; y ya lo has olvidado... Yo soy la única que te conoce; el “cero” era básico para lograr nuestra comunicación.
“Créeme –sigue la voz-, cuando se ve la vida del color del sentido común de las cosas, las excepciones a todas las reglas se encuentran de inmediato. Si la gente aprendiera a usar su sentido común con los actos de valor que esto implica, no habría tantos esbozos de seres pensantes con hedor a cobardía.
“No dudes en cortar nuestra comunicación si así lo crees conveniente; pero más te vale salir de aquí antes de que te lo impidan.
-¿Quién me lo va a impedir? –pregunta Bilive.
-¡Tú mismo! ¡Cuelga y sal ahora!
Pero antes de poder hacerlo, las manos de una fornida afanadora
[2] lo sujetan de ambos brazos, ayudada de dos enfermeros con vocación para carniceros.

El médico en turno entra rutinario en el quirófano:
-¿Qué es lo de hoy?
-Sobredosis; otra vez.
Una tercera voz se escucha:
-¡Pulso bajo! ¡Debemos apurarnos!
Y Bilive sueña. Se encuentra en la ribera de una presa, desmayado. Su cuerpo completo bañado en sudor; sus piernas dentro del agua que apacigua el dolor de su tobillo. Agonizando, disfrutando del encanto sin partida, de su límbica tragedia mientras lucha por sobrevivir en una plancha metálica.

Cuando los sueños se miden a través de metas, la realidad muta en hermoso sueño cotidiano. El ser humano inconforme, pero con un camino definido, saborea desde el suelo la realidad abstracta de su devenir. Alguien con simples aspiraciones incluso se olvida de sus propios esbozos realizables.
El cuerpo de Bilive empieza a desconocerlo, a despedirlo, a agradecerle. Lo bendice.
“¡Qué aburrido sería toparse con la tan trillada ‘felicidad’! ¡Necesito provocar la sensibilidad expandida! ¡No esperando topármela; sino buscarla!”
Bilive no siente asco ante la sonda que le introducen en sus fosas nasales. Su realidad subjetiva viaja. Sus músculos comienzan a enfriarse. Su pulso duda.
Una segunda bofetada lo desgarra mientras alguien lo sujeta del cuello de la chamarra introduciendo al mismo tiempo su cabeza en el agua helada ante el susto colectivo de los peces. Alguien lo tira al suelo soplado feroz sobre su boca.
Bilive tose patético cuando las nubes se han posado de nuevo sobre la luna, cúmulos centelleantes anunciando la tormenta nocturna. Las luciérnagas reprimidas a sí mismas; las estrellas fugaces ahora viajan clandestinas. Pachuca
[3] resulta una gran mancha de luz entre la silueta de dos enormes cerros cuando Bilive sigue tosiendo en busca de quien lo ha hecho retornar. El negro es el color verdadero que dilata sus pupilas y lo obliga a gritar:
-¿Q-quién es? ¡Qué pasa! –la respuesta se pierde en su propia resonancia. Intenta levantarse de la hojarasca cuando esa mano dura sobre su hombro se lo impide. Miedo extremo recorriendo la columna vertebral. Confusión total que le impide volver a preguntar, le aconseja no moverse. Se limita a escuchar el crujir de las hojas entre el caminar pausado de alguien.
Minutos después admira las chispas que brotan del suelo, cerca de él. Tres, cuatro, cinco intentos en la piedra y la llama surge haciendo apenas presa a un poco de leña. De esta manera la mística silueta del intruso va vislumbrándose ante el muchacho. El breve ensayo de su propia ubicación lo anima a preguntar tímidamente, buscando aquellos ojos en las sombras de su rostro:
-¿Quién es usted? ¿Dónde est-toy?
-Calla y espera –le responde una voz grande, lenta, segura; manipulando la leña hasta que la fogata es inaugurada en un fuego intenso que bufa entre el viento ligero. Después de varios ensayos Bilive descubre a un anciano sentado frente al calor, con la mirada obsequiada a las llamas. El extraño personaje suspira profundo para luego dirigirse a su invitado sin modificar el ángulo de su mirada:
-El único éxtasis que produce sonido de sí mismo es el acto de amor de las llamas con el viento. El fuego es algo que contiene dentro de sí a toda materia. El fuego es el estado primario y final de todo; incluso el corazón, la vida de lo inanimado. El viento es el único que realmente lo puede comprender, a tal grado que le concede la vida o la muerte. El sonido de las llamas es esplendoroso al mostrarse en una hoguera o en la agonía de una vela. Su timbre es grueso; su personalidad avasalladora.
El rostro de Bilive estupefacto. La mirada del anciano al fin lo encuentra, obsequiándole su radiante fastidio en esa tez morena, cansada, pacífica. Escasos cabellos canos descansan en lo que le parece a Bilive algo así como un chaleco de cuero que protege al personaje del frío; además de esa sudadera y su pantalón fabricado de ¿mezclilla?, escondiendo parcialmente los extraños zapatos, también de cuero.
-Tu nombre –le pregunta a Bilive; quien responde tardíamente, titubeante:
-Todos me dicen...
-¡Tu nombre!
-... Bilón Bilive... –responde el chico, evadiendo al personaje con miedo en su mirada.
El alma del viejo dibuja una leve mueca que puede interpretarse como sonrisa.
-La noche será larga –afirma el anciano-; la última quizás para ti o para mí. Intentaste evadirme muchacho, pero al fin me has encontrado. ¿Estás cansado?
-No –responde Bilive, perplejo, inquieto ante la situación; pero de cierta forma también se siente protegido por la presencia de aquel ser.
-Entonces ve por leña. Encontrarás bastante colina abajo, en un potrero.
El viejo señala al norte y Bilive simplemente se incorpora autómata, encomendado; seguido por esos ojos sutiles.

Media hora más tarde lo ve retornar arrastrando a duras penas un enorme cargamento de varas y arbustos secos, así como un largo brazo de ocote
[4]; fatigado por la cuesta más que por su arrastre; animado por la luna que ha vuelto a salir.
-Aviva el fuego –le ordena el viejo; mas Bilive no tiene la mínima idea de cómo hacerlo. El anciano lo sabe-. Las grandes urbes –dice el viejo- nos permiten la tregua con el momento que se vive, pero no nos otorgan la paz. ¡Aviva el fuego! ¡como tu imaginación te lo aconseje!
De esta manera Bilive se las ingenia para trozar con total torpeza algunas partes delgadas del ocote, así como ramas, cuando siente un punzante dolor en su mano derecha. -¡Separa las ramas de la leña! –vuelve a ordenar el viejo y Bilive obedece-; ahora acércate.
El viejo, hincado, lo sorprende tomando su mano herida, retirándole el guante y colocando la palma sangrante sobre las llamas, provocando que el chico caiga de bruces en el suelo. Bilive la retira de inmediato gritando de dolor, protegiendo la mano contra su pecho, en actitud pusilánime.
-Observa tu mano –y es que la herida ha cicatrizado-. Tu sangre es de fuego –le explica el viejo-; toda herida, de no hacer nada por aliviarla mas que la paciencia para que sola se cure, se convertirá tarde o temprano en confortable comezón, afán o inquietud, en exquisito premio. La esencia de una persona sigue idéntico camino. Los colores –añade- son ilusorios por ser caprichosos.
Una mirada antigua voltea hacia los pinos lejanos. Bilive lo imita, un poco más confiado del anciano, buscando acaso lo que el longevo: esa paz nocturnal en cientos de tonalidades de las sombras profundas. Ninguna igual a otra.
-Los luceros son una simple originalidad –sentencia el viejo-, la única. No olvides que la vanidad llena el hueco que una cobardía no sacia por sí sola. No busques mi ternura; tú conoces todas las respuestas. Esta noche estás muriendo y no quiero que te resistas a hacerlo. Sólo de esta manera comprenderás. La agonía es irreversible. Créeme que vale la pena el tormento. Y al alba, cuando al fin mueras, yo también moriré. Tú saldrás de este bosque; yo, me iré –formándose en su gesto una expresión indiferente.
Bilive se sorprende de las palabras del anciano, principalmente de las últimas: “Tú saldrás de este bosque... yo, me iré”.
Finalmente Bilive se anima, volteando a ver al anciano sutilmente jorobado, el cual apenas se eleva hasta los hombros del muchacho:
-¿Quién eres? –pregunta al fin Bilive con cierto aplomo.
-Represento tu pasado; soy lo que tú ya no eres. Una concepción en probeta de las llamas con el viento. Me llamo Coatlipotzcalotzin Hill, tu propia confusión de identidades. Y créeme en verdad, estoy muy fatigado; ya deseo descansar.
El anciano habla pausado, con autoridad. Por su parte Bilive se sigue atreviendo, en verdad se asoma a la metamorfosis.
-¿Hubieras tú mismo acercado la mano al fuego? –pregunta el viejo. El desconcierto baja la mirada:
-No...
-Existen muchas maneras de ser cobarde –prosigue Coatlipotzcalotzin-; sólo una para intentar ser hombre. ¿Qué te trajo hasta aquí? Si algo buscas nada encontrarás, excepto el camino virgen que te lleve al hogar.
-¿Y cómo encuentro ese camino? –pregunta Bilive con incipiente pasión.
El viejo alimenta la fogata al tiempo que le responde:
-En una sociedad como la tuya, la valentía auténtica suele pasar por un bufón. De esta manera la armonía de la vejez puede ser el resultado de la ignorancia, debido a que el error sistemático puede convertirse incluso en creencia; una mala costumbre en fe; el estilo de vida en fin.
Bilive empieza a sentir admiración por Coatlipotzcalotzin, y este lo sabe:
-Estás en un error; yo formo parte de ti. Mal harías en idealizar lo que ni siquiera debes voltear a ver –ahora es Coatlipotzcalotzin quien evade la mirada del chico.
Se incorpora lento, no pudiendo evitar terribles gestos en su rostro ante las marcadas molestias en ese cuerpo vetusto; pero a pesar de todo posee presencia. –La comezón es punzante, halagadora en la palma del muchacho, evitando rascarse.
-Acompáñame, Bilive.








De esta manera, las esencias de una sola causa caminaron hasta llegar a una cascada de regular tamaño escondida en la cuchilla de roca al pie de las montañas. La presa está lejana. Una vez más el bosque es impresionante aun cuando la tormenta amenaza.
El anciano, cansado del largo caminar, se adapta a cualquier roca salpicada por la brisa de la cascada, dejando escapar otro ronco suspiro; imitado por Bilive al lado opuesto de la sonora caída de agua. Coatlipotzcalotzin habla:
-Hay inteligencias tan grandes que incluso llegan a ser omitidas en su real esplendor por quienes las poseen, debido a la sencillez de vida que dichas inteligencias proponen en su esencia. El orgullo puede suavizar dichas situaciones, pero en esos niveles, el orgullo aísla. De esta manera la disyuntiva es la soledad o la mentira. El orgullo es el recurso de los hombres; el honor suele serlo de los adaptados. El honor a menudo es un simple prejuicio, y todo prejuicio indica el camino de retorno a casa. La creación humana es la estrategia del único camino: el hombre como obra.
-Creo entenderte –le dice Bilive, sentado en su roca, sereno, atento a las palabras de Coatlipotzcalotzin, quien guarda silencio por unos instantes viendo directo a los ojos del muchacho. Continúa el viejo:
-La herejía es un intermedio radical, chico. Los sueños son parte de tu realidad en otra perspectiva. Lo no imaginable, una verdad; a final de cuentas, es el verdadero sueño. La convicción personal es la armonía, el Camino Virgen.
La perdurable paz de la cascada envuelve la última sentencia del viejo cuando la noche es cubierta por la visión de los párpados caídos del alumno, quien abre sus ojos de nuevo para admirar esos infinitos verdes iluminados por los cantos de las especies; los cuales, aunados al estrépito del agua proclaman su júbilo sobre el fastidioso amor de la luna.
El primer relámpago cae sobre algún pino cercano, provocando el sobresalto de Bilive y acaso un vistazo del anciano sabio.
Un pino ha sido astillado hasta sus entrañas, derramando dolor carbonizado a buena parte del bosque ante las carcajadas de más estrépitos eléctricos.
Del orgulloso pino queda una astilla de considerables dimensiones. Las esencias de una sola causa retornando al monólogo salpicado poco a poco por cortos diálogos entre la brisa y los truenos a cada momento más lejanos. De nueva cuenta Bilive es invitado por su propia sensibilidad a cerrar los ojos; cuando un grito angustiante, cercano, femenino, lo sacude, lo despierta de su vigilia.
Coatlipotzcalotzin Hill se ha quedado dormido sobre la roca. Por su parte Bilive salta en busca de aquel lamento insistente. Intuye que esos gritos encierran gran sufrimiento. El inesperado silencio lo ayuda a orientarse; aun la cascada ha callado, sin dejar de derramarse.
-¡Por favor! ¡Libertad! ¡Libertad! –es el grito repetitivo de aquella voz femenina.
-¿Quién eres? ¿Dónde estás? –pregunta Bilive, perdido entre troncos de árboles gigantescos, con una sola convicción: ayudar.
-¡Por favor! ¡Libertad! ¡Libertad!.
Bilive corre de un lado a otro entre el negro protector que todo lo ilumina. Sin lograr coordinar el absoluto sus lágrimas lo traicionan –su sensibilidad lo obliga a reconocerse- cuando la tormenta se arrepiente y el grito retorna, haciendo vibrar ligeramente la madera tibia sobre la cual Bilive reposa la búsqueda infructuosa.
-¿Estás ahí dentro? –pregunta el muchacho, empapado, a la madera carbonizada, todavía humeante, pero enfriada poco a poco por efecto de la lluvia.
-¡Sí! –responde de manera prolongada la voz de una mujer desde el interior del tronco mutilado- ¡Ayúdame! ¡Voy a enloquecer!
Bilive idea una palanca con ambos brazos hasta que la corteza cede en pedazos. Es el instante en que la llovizna cesa y Coatlipotzcalotzin Hill despierta, limitándose a observar la escena, a escasos metros:
Una mujer joven, extremadamente pálida y delgada, de cabello negro, largo, revuelto, de escasos cincuenta centímetros de estatura, salta desde su cautiverio entre los andrajos de lo que parece un otrora vestido de reina. La extraña mezcla de terror, locura y felicidad de sus facciones es asociado vagamente por Bilive con varios marinos que no logra concebir.
El viejo habla, viéndolos a ambos:
-Ten cuidado con la mujer solitaria... ¡Busca a la mujer solitaria!
La pequeña mujer se siente indignada de lo que acaba de escuchar de los labios partidos de Coatlipotzcalotzin, encarándolo con ese gesto de terror, locura y felicidad:
-¡Yo soy una virgen! ¡Ningún hombre me ha tocado jamás!
-La oportunidad a la reconciliación –se refiere ahora el viejo a Bilive- también se encuentra en los sentidos. El que se reprime –de nuevo los ve a ambos, amoroso-, reniega de sí mismo.
La virgen, templada, pero contenida, tan sólo corre, corre, corre tanto que sus pequeños saltos entre la hojarasca desaparecen en pocos segundos, como un canguro en un planeta desconocido. Su rostro ha recobrado el color verdadero que unos cuasihumanos y una bestia con faldas le arrebataran siglos atrás.
Bilive y Coatlipotzcalotzin Hill se contagian mutuamente la alegría plena que contiene a los mismos siglos de tortura que ahora solamente imaginan. Es cuestión de tiempo; la mujer seguramente encontrará su reconciliación al toparse con el hombre de las heridas.
Coatlipotzcalotzin murmura: “El camino virgen que lleva al hogar...”
Bilive admira el añejo susurro que estira perezoso su cuerpo; mientras el muchacho orina al pie de cualquier pino salpicado desde hace un milenio, quizás, por la cascada incansable, eterna; reconociendo de pronto sobre una hoja a aquella muchacha y sus personales reconciliadores nadando en las gotas de lluvia; en la misma hoja donde aprendieran a amar. Ellos semejando larvas exhaustas de la vida; ella saludando primorosa a la noche fresca, con ambas manos sobre sus pequeños senos y la conciencia en paz de virgen desposeída. El bosque entero comprende que el anciano debe hablar:
-¡Me visto de negro para brillar!

De pronto, en el fondo de su mente, Bilive recuerda, simplemente recuerda, atrae a sí mismo el camino de retorno a casa como alternativa naciente sobre la vía virgen que lleva al ya cercano hogar.
Mientras tanto su padre busca dentro del bote de basura de la recámara de su hijo algún indicio que le hable de él; para lograr de esta manera la comunicación rudimentaria entre dos generaciones perdidas. El señor de la casa hace a un lado tres cajetillas vacías de cigarrillos y la cantidad correspondiente de colillas y ceniza, hasta que al fin encuentra algo interesante. Es un pedazo arrugado de papel que desdobla emocionado mientras su esposa deja de fabricar comida, acudiendo al llamado de su pareja. Aquel pedazo de papel parece ser la página de un libro: “...Quisiera escribir acerca de lo que nadie conocerá. Un libro basado en una frase que de sentido al resto de las hojas en blanco; que incluso olvide, pero que obligue al lector a aprender de memoria. Un libro con quien nadie coincida pero donde se identifique el ideal. Completo guión entre paréntesis. Unica idea entre interrogaciones: ¿Yo soy?”
En alguna parte de la mente del adolescente, Coatlipotzcalotzin Hill siente angustiante su propio cuerpo llenarse de energía: “¡Bilive! ¡No seas cobarde!”... Y es que la tristeza es la más sublime de las consecuencias del egoísmo.

Los problemas comienzan cuando las pupilas dilatadas se atreven a soñar con idéntico matiz al de los colores solares. El médico en la sala de emergencias permite que su sudor resbale sobre la frente de un Bilive que se niega a retornar. Pero, ¿es realmente un retorno? ¿no es tan sólo una opción entre cientos de opciones? ¿abogado? ¿hombre? ¿sacerdote? ¿asesino? ¿niño? ¿bufón? ¿carcelero? ¿intelectual?... ¿nada?
La palabra nada es la negación sin fundamento. ¿O acaso no existe nada posterior a los límites?
Después del límite surge la oscuridad total, y una oscuridad total es algo que existe: simple parte de la gran realidad. La negación es la proclamación del miedo. La aplicación correcta de la palabra tontería es la nada.
El corazón de Bilive tiene de nuevo en un puño sus pulsaciones. El bien sabe de la fama de la nada, por lo que se aferra a su sentido común, con los brazos y su rostro tiznados de carbón humedecido.
El genio es aquel que aplica su sentido común tan subjetivo como incondicional. Un ser humano es afortunado en relación con el valor de su sentido común. El sentido común de Bilive vuelve al bombeo correcto de su corazón. Reacciona.

Voltea sobre su derecha escuchando la liberación de cada una de sus vértebras superiores, indicándole estas el tiempo de su inmovilidad total. Se encuentra con Coatlipotzcalotzin, sentado en la misma roca, del lado opuesto de la cascada, quien le dice:
-Fuiste lejos, lejos en verdad... Faltó muy poco.
Pero Bilive se concreta a observar el agua cayendo de la cascada. No comprende si todo ha terminado o acaso la lección empieza. El viejo habla de nuevo:
-El ser humano que se reconcilia con su sentido común, luego de un intento suicida, comprende que el resto de su vida será algo así como tiempo extra que se le pagará íntegro por un trabajo que no está obligado a hacer... El suicida sensacionalista siempre prefiere las alturas –el anciano baja con sumo cuidado de la roca, llamando al joven:
-Ven, acompáñame.




Después de un pesado caminar ascendente y descendente, retornando por las mismas veredas entre los montes hasta que dichas veredas se hacen una sola, ribereña; haciéndose visibles, allá, en lo alto de una colina las luces de las velas de la cabaña donde sus amigos, incluyendo a Maggie, seguramente duermen el resultado de sus exquisitos excesos; sin importarles ya la suerte de Bilive. Aún se escucha la frecuencia modulada a gran volumen y se perciben las brazas de una fogata; a diferencia de la que prendiera Coatlipotzcalotzin, la cual los recibe a ambos, tenue, pero segura de su inmortalidad, a pesar de la fugaz tormenta.
Se encuentran a unos cuantos metros del camino que lleva a casa; al mismo tiempo muy lejos de él. Coatlipotzcalotzin Hill y su alumno lo evaden al proseguir su andar, ahora con rumbo oriente, hacia la cortina de la presa. Las truchas se animan, la luna esplendorosa. La lluvia ha elegido otra región del país para fastidiar.
Veinte minutos más tarde, la madurez y la incógnita descansan del último traslado sinuoso recargados en el barandal metálico de protección de la cortina. El horizonte es indescriptible, visible gran parte del bosque, la cabaña y al fondo Pachuca arrullada por las estrellas que siguen viajando fugaces.
-Observa las alturas –le pide Coatlipotzcalotzin a Bilive, quien al voltear hacia lo alto se encuentra con la inmensidad luminosa, infinito de límites e incógnitas; oscuridades totales imponentes-. Ahora, asoma a lo profundo –vuelve a invitarlo el anciano, dirigiendo el pulgar sentencioso de su mano izquierda hacia abajo. El joven ahora maniobra su mirada al agua de la presa. ¡Y es que ahí también se han posado las estrellas!
-Tuya es la decisión, Bilive. Quien en algo ha encontrado su todo, los demás algos serán sus tormentos, a menos que se deshaga de ellos.
Bilive ha comprendido perfectamente el fondo, la intención, el reto en las palabras del maestro. Decidido, con paso firme, sin pensarlo mucho, se dirige hasta el extremo opuesto de la cortina; sin vacilar inicia el ascenso de la parte media de la montaña, desde donde nace la presa.

La luna le facilita las cosas. Ya se encuentra a mitad del ideal. -Por momentos se pregunta si lo mejor no será desistir. El vértigo lo contagia.
Pero las estrellas lo llaman; Bilive no se resiste ante su belleza. Las necesita, se exige a sí mismo un suicidio anverso.
Está cerca de la cúspide. Puede sentir el irradiar estelar. Le falta superar una gran roca, una punta caprichosa que corona la montaña. El adolescente decide aferrarse de ella; es el único proceder lógico bajo sus circunstancias. Se abraza fuerte tirando hacia arriba de sí mismo intentando encaramarse; pero parte de la enorme roca se desprende inesperadamente, cayendo al vacío junto con él, más que aterrado.
La roca cae al agua. Bilive del lado contrario, sobre el matorral. Junto a él se desploman también dos cuerpos tubulares y flexibles de color negro profundo, algo así como pedazos de una manguera delgada, brillante.
Se trata de dos cabellos de la cabeza del indio adolescente que abre sus ojos dentro de dos cuevas en la propia montaña, al sentir el dolor que le ha provocado el brutal desprendimiento de uno de tantos granos de acné ligeramente arriba de su ceja derecha, cerca del nacimiento de su nariz.
Dicho grano es ahora devorado por las truchas; carne putrefacta, carnada que las alimenta como pirañas devorando el manjar mientras el hueco en la frente del joven indio se llena de sangre y de pus. La montaña completa es el rostro camuflajeado de la mocedad del ancestro, el cual, desde la cortina de cemento, llama al aprendiz:
-¡Al poseer el conocimiento –le grita con voz rasposa-, es cuando retornas por primera vez al hogar desconocido, cegado por tu propia luz! ¡Sube, Bilive!
Pero la pus en la frente del indio adolescente ya cae también sobre el matorral, muy cerca del chico, quien se incorpora en medio de terribles dolores en sus brazos, en sus piernas, en su costado. Temeroso de que aquellos horripilantes coágulos caigan también sobre él.
Es tarde, esa terrible plasta pegajosa, tibia, de color amarillo inenarrable lo cubre por completo, haciéndole perder el equilibrio. Es el momento en el que el rostro de la montaña vuelve al sueño, juntando sus labios ahora rocosos. La cabeza completa cede al letargo.

La pared de cemento es el espejo perfecto donde Bilive se ve a sí mismo, gigantesco, carnavalesco, caleidoscópico. El asqueroso sabor de la pus le ha provocado al vómito, descargando al fin el peso de su condena; surgiendo también el pánico al descubrir, reflejado en ese gran espejo, el cuerpo de una persona entre las ramas de un árbol, exactamente arriba de él, despedazado, atravesado por las ramas.
Su grito es necesario para que al fin logre ubicarse a sí mismo al pie de la cortina, solo. Busca desconcertado las facciones de aquel indio en la montaña; todo lo que puede distinguir es la contundencia de la roca. -La pus es un recuerdo incierto.
El silencio natural incitando a la perspicacia de su mente.
¡Sube! –repite Coatlipotzcalotzin en lo alto.

Bilive asciende hasta trepar al barandal de protección por medio de un andador escalonado.
Al estar nuevamente al lado de Coatlipotzcalotzin ambos observan algunas aves nocturnas devorando aquel cuerpo en las ramas de ese árbol.
-Son tus miedos sin justificación –le explica el anciano al chico, señalando hacia el árbol-. Me da gusto que hayas elegido correctamente al evadir el sensacionalismo.
Coatlipotzcalotzin Hill tiene al fin sus latidos contados:
-Ayúdame a caminar... –le pide a Bilive, quien con gran cariño le permite apoyarse en ambos hombros; a pesar de que persiste el dolor de su tobillo-, aún tengo algunas cosas qué confiarte.


De regreso en el lugar de su primer encuentro, Bilive aviva la fogata y se sienta al lado de la antigua confusión de identidades, quien con tono sonriente, y sin preámbulos, inicia el mensaje final:
“La gente de esta época teme más a la muerte por creer estar más alejada de ella; menos adaptados a sí mismos; suspicaz paradoja.
“Yo también conoceré mi oscuridad total; alguna suerte. Ese día, quizás brotarán jerarquías y una atmósfera sin necesidad de concentraciones. El infierno, imagino, es el olvido de la lucha, nunca lo olvides.
“¿Crees en el más allá por instinto o por convicción? Créeme que la agonía también posee intensidad.
“La sociedad actual es confusa por no atreverse al fondo del pensamiento singular. La sociedad actual es una burda imitación de estereotipos sofisticados.
“Pobre del hombre que no posea un tesoro que disfrutar y una tragedia que soportar; el verdadero héroe... Créeme que hiciste bien en tirar aquel intento a la basura.
“Cuando una persona descubre cuál es su misión en este mundo, esta se convierte en objetivo a corto plazo desarrollado durante años. Desgraciadamente casi nadie comprende que caminar es un arte.

Coatlipotzcalitzin, llevando a cuestas su agonía, hace una pausa para reavivar la fogata. Continúa:
“El hombre que se empeña en entender a la mujer terminará sin duda casado con alguna; bondad del entendimiento. A la mujer se le intuye; pero, ¿la mujer comprende al hombre?
“Ella lo ama, y al amarlo lo domina. Al amar la mujer al hombre, este logra al fin comprenderse a sí mismo. La mujer es la única terapia del hombre. Pero lo mejor es toparse con el amor como consecuencia. La mujer resulta el ser más cruel para quien busca en ellas lo que no son. La mujer es algo que de momento no tiene remedio para el hombre, y viceversa. El amor es el capricho más sublime.
“No quiero que interpretes lo anterior como menosprecio a la mujer, vulgar misogismo; simplemente me refiero a distintas naturalezas que se hallan en proceso de asimilación. Algún día ambos se comprenderán de verdad como iguales. Por el momento, la inteligencia de la mujer es el máximo enigma para el hombre.

Coatlipotzcalotzin no abdica:
“El miedo sistematizado se confunde con la pereza. La mayoría de las famosas superaciones personales son simplemente pánico en huida. Este mundo no obedece a quien lo ama, tanto como a quien lo comprende. Ya no sobrevive el más fuerte, sino el más inteligente; a pesar de que quedan, subsisten unos que otros astutos.
“La calidad total, sin sentimiento, es inmadurez emocional. La mayoría de los buenos gustos son simples estereotipos. El ingenio que sólo vende es vulgar.
“Con un poco de concentración de tu parte lograrías olvidarte de mí para siempre; pero me has elegido porque el mundo es tu fantasía y la civilización ha huido de ti en plena lactancia.
“Tú y yo sabemos que el aroma de un cigarro madura al final. Tu sangre es del color de la ironía. El olor sugestivo es el de la sangre, el color del carácter. Un perro no amaestrado es un perro con carácter. Un loco interpreta su postura como ventaja; he ahí el porqué de su sincera sonrisa. La cordura es el paradigma tan deseado por las mayorías.
“Estás preparado Bilive, estás listo para ir al Hogar; si en verdad me has comprendido”.

Coatlipotzcalotzin Hill se recuesta sobre una alfombra de hojas crujientes, fatigado, realmente fastidiado. Sus ojos se cierran cuando Bilive, a su lado, advierte que el oriente lejano se transforma lentamente en un azul tenue. El viejo, con ambas manos sobre su pecho, dispuesto a afrontar la oscuridad total; su gesto relajado. Finalmente esos ojos secos se abren buscando a Bilive:
-¿Entiendes todo lo que te ha dicho Coatlipotzcalotzin Hill? –Bilive se limita a asentir con la cabeza.
-¿Comprendes ahora el significado de mi nombre? –pregunta el anciano.
-Tu nombre –responde Bilive, con un susurro apenas, fijos sus ojos en los del viejo- ya no significa nada para mí.
Al escuchar las palabras del alumno, Coatlipotzcalotzin Hill no puede contener una enorme sonrisa que se estampa en cada una de las arrugas terribles de su rostro, obsequiando al muchacho la primera y última, dulce mirada de aceptación.
-Mi misión ha terminado, Bilón Bilive –buscando con su mano al muchacho desde el suelo-. Parto feliz de haber cumplido.
El ancestro reclama ambas manos del alumno. Así, Bilive siente por unos instantes la dura piel del indio, hasta que el ímpetu abandona a la sapiencia. Sus manos caen muertas a tierra; llenas de vida.

Lo único importante ahora es darle sepultura al maestro para que su orgullo siga intacto.
Bilive coloca de nuevo esas manos callosas sobre el pecho del indio al tiempo que la última de las estrellas, la Estrella Matutina, se deja guiar al descanso por el primer canto de las aves.
Una lágrima en los ojos del chico anuncia el final. Su tobillo lo deleita, irradiando esa exquisita comezón. Se rasca al fin, invitado irremediable a la pasión.
[1] Léase literal en castellano: “Bilive”.
[2] Mujer que se dedica a practicar partos de manera empírica.
[3] Ciudad de medio millón de habitantes ubicada a noventa kilómetros al norte de la ciudad de México. Capital de la provincia de Hidalgo.
[4] Especie de pino muy resinoso.

Presuntos Implicados



I

Es noche de domingo. Hace mucho frío allá afuera.
La madera de las paredes con sus cortezas escarapeladas en húmedos pergaminos la miman y él lo sabe; pero es tan real su dolor que insiste en cobijarla, cuidadoso, de tal forma que no se filtre un sólo fermento del viento que chifla tan triste. ¡Y es que es un domingo lánguido lluvioso!

La besa delicado en la frente procurando el sueño; cálida desnudez... su aroma. Ese absurdo sentimiento de culpa que desde hace tanto tiempo lo acompaña.
La noche es tormentosa por muchos motivos; a pesar de que los rayos se escuchaban lejanos desde la tarde, en las montañas; posponiendo para otra ocasión el miedo sobre los habitantes de la tierra pródiga.
El único cirio que llena en penumbra la recámara titila por solidaridad ante Ramón, quien, de cierta manera satisfecho de las circunstancias, aún temblando, y cansado como se puede cansar un amante en una tarde de amor, guarda su cartera en la bolsa del pantalón luego de colocarse el impermeable negro que desde hace tres días no se moja; sin perder oportunidad para volver a pedirle perdón a Diana, desde el lecho de piedra, en las sombras de la paz que sólo una llama podría dibujar en su rostro. Ella parece absolverlo.
Al ponerse el sombrero de palma comprende que ella sabrá comprender. No hay razón para seguir martirizándose; en realidad nada ha cambiado; ella sigue ahí y seguramente a su retorno lo estará esperando con sus ojos enamorados y esa voz que Ramón tanto necesita.

Por un instante sus ojos encuentran la ventana empañada, y a través de ella el eterno horizonte nocturno de la ciudad gigantesca con sus edificios apenas pintados de vida y esas chimeneas fosforescentes a flor del piso; con aquel toque de impresionismo que las gotas multicolores escurriendo en los cristales plasman en el lienzo transparente. La misma ciudad donde ambos, entre veredas y cañadas, entre rasgos de tantos rostros comprendieron que nada se fragua. Todo dispuesto a aceptar el tiempo de locura; con el absurdo en el camino de su particular concepción del orden.
Nada se altera, todo desfila inmóvil. Perfecta estampa. El monstruo en letargo; pausa de la obra.

“Yo me iré; la piedra perdurará...”, suele murmurarle Diana en esas tardes calurosas al pie de las cascadas, a unos cuantos metros del insufrible tráfico y de los puentes peatonales oxidados, adictos de brisa; observándola tan quieta-perfecta-sublime, dormida profunda.
Despertando al fin de la pesadilla urbana no se aguanta las ganas de otro mordisco de sus labios, sorbiendo un poco de esa sangre que ya no es río, sino caída libre de emociones al disfrutar el sabor de ese rojo único que sus párpados caídos descubren de nueva cuenta sobre lenguas de mil pecados, intensos en túneles y patios y arcos empedrados accediendo a destinos descabellados. Caminos anversos a cualquier concepto teológico.
-Tú no te irás nunca.
Quietud, esa ha sido la inverosímil característica de su refugio, de su hogar en los últimos seis meses.
Sombras monstruosas de herrerías originales son la sorpresa en lo alto, allá, donde únicamente los ilusos pueden encontrar belleza de un caos repugnante; entre la piedra fiel inundada por el líquido en espumas de fino caudal. Vigor, alturas mayores de lejanía asombrosa en nuevos riesgos. -Mutuamente aceptan que el suicidio exige un mínimo de clase.
Jeroglíficos indescifrables en pedernal-puñal-bienvenida a cualquier intruso inesperado. Son los calabozos fraguados por una mente superior en trampas de vacío que obligan a ceder a los cuatro elementos.
Diana y Ramón, guardianes del tesoro, vigilando la labor de los esclavos citadinos, perezosos; incluso en la cúpula de aquella iglesia asomando desde el fondo de la avenida; con más de tres grotescos conceptos de la alegría en sus inmóviles campanas doloridas.

Clavando su mirada en la cruz de la cúpula que las gotas de agua trozan en formas dantescas sobre el cristal de la ventana, restaurándola sus ojos inundados a cada parpadeo, Ramón le encomienda al cirio el descanso sin sobresaltos de su amada, para luego arrastrar los pies hasta la cocina oscura, colocando su encendedor al lado exacto de la vela gastada sobre el fregadero, comenzando de esta manera la agonía de otra llama.
Se siente nervioso, dudando incluso de salir a la intemperie; sobre todo cuando descubre esa taza del “Gato Silvestre” con lápiz labial dibujando emociones por todo el borde; así como el cepillo de cerdas amotinando los cabellos negros de Diana.
Toma uno de los cabellos entre sus dedos temblorosos, sintiendo toda la vida que el filamento ondulante encierra en sí, para sí; casi flotando ante su vista quebrada.
Unos salvajes goterones empiezan a golpear los troncos que dan forma a las paredes de la cocina, reiniciando la lluvia otro ensayo de lujuria; seguidos del primer rayo cercano que toma una fotografía instantánea de la patética escena; cohibiendo más la mirada de Ramón, quien luego del flashazo no tiene otro remedio que encontrarse de frente con las 10:01 en el radio despertador digital de pilas en el pequeño trastero repleto de platos y comida del día.
De nuevo ese rojo tan temido, prendiéndose y apagándose en horrendos lapsos perfectos. Un nuevo rayo lo aniquila al toparse con aquel punto de sangre fresca, en el centro del trastero, en el centro de ese pedazo de algodón; tan cerca de la gelatina de coco, intacta. -Esta vez el relámpago lo eriza por completo.
Se pregunta si la sangre de Diana ya habrá dejado de aglutinarse en su pecho dolorido; ha pasado casi media hora desde que el amor y el terror se mezclaran en un último grito de lo que cualquier persona ajena a esta historia podría calificar como piedad.
Con sumo cuidado regresa el cabello de Diana al cepillo; reconociendo que en los últimos seis meses ha envejecido más que en los últimos seis años de su vida; las primeras canas que rozan sus orejas son la mejor muestra. Es ahora cuando entiende todo lo que había sufrido hasta antes de conocerla; besándola apenas, por última vez, en el murmullo de una lluvia contundente que envuelve a ambos en un instante ilimitado.


-Quisiera despertarte para sentir tus uñas atinando a pasar por el lugar perfecto...
-¡Cielos! ¡Te cambiaste de pantalón!



La vela en la cocina ha muerto. Buscando a tientas la cartera que reposa tibia en la bolsa izquierda de su pantalón se abotona hasta el cuello el impermeable, dirigiéndose automático de nervioso hasta la puerta ancha, hinchada, angosta; sigiloso para no despertarla de la gran fiesta; caminando pusilánime evita tropezar con el par de sillones rústicos; pisando con cuidado sobre los petates
[1] tronantes a prueba de sutilezas. Al hallar la chapa sus ojos ciegos voltean en la oscuridad buscando la razón de su partida; para luego besar el follaje que enmarca una D y una R, en los blancos y negros que él mismo creara en vísperas de la pasada Navidad, sobre la madera de la puerta, entre lúbrica castidad.





II

La Madre Tierra desgajada. Eterno dolor del parto. Momentáneo surgir de músculos. Excelso brote de única belleza. Huérfano retoño de fuerte carácter y profético destino.
En este nido, protegido por sus cascadas, no hay lugar para un par de enamorados. Sólo los amantes encuentran acomodo en sus camas asimétricas, bajo el lapso y el espacio; absorbiendo, en presagio de un parpadeo, inmensidad.
Ramón desciende por la vereda solitaria. Su mano izquierda manipula una linterna eléctrica a prueba de diluvios; la derecha no se cansa de colocarse la solapa rebelde del impermeable sobre su cuello mojado; batallando además con los pequeños chorros que las alas del sombrero de palma escurre por el frente; sin perder detalle, hasta donde le es posible, del camino de piedras y lodo y estiércol.
Cierto semental, seguramente desesperado de la solemne rutina de este domingo, lejos de sus vacas y del corral, parece pedirle a Ramón, con un melancólico mugido ahogado por la lluvia, que regrese al lado de ella. Ramón ni siquiera voltea ante el amable saludo.
Definitivamente la tristeza de un domingo es más llevadera en los exteriores que armonizan en un mismo canto. Origen.
El monte ha quedado atrás. Finalmente Ramón llega al primero de los túneles, guiándose a lo largo de él con la linterna que gotea en su mano estremecida de sus propios pasos huecos.
-¡Perdóname! –grita el eco de Ramón, implorando la tregua ante la tormenta; su mente atormentada.
Se quita el sombrero agitando la cabeza, sin dejar de caminar como caminan los perros sin dueño a las tres de la tarde. Ahora la lluvia se escucha vacía, tal cual si cada gota que revienta la concavidad del túnel representase un grano de centeno, vano, podrido, explotando su miseria ante la Madre que todo lo exige de la estirpe y a nadie pide tregua; resonando el empedrado, invitando a Ramón a relajarse; pero la tregua dura poco tiempo: metros adelante se coloca de nuevo el sombrero dispuesto a resbalar dos o tres veces más.
-¡Qué más da! –grita para sí.
Desde la boca del túnel voltea hacia lo alto encontrando a la lejanía, más allá de las sombras de los árboles y la oscuridad de las luciérnagas, una pequeñísima luz titilante ahogada entre el diluvio que refleja el calor de su hogar, del único hogar verdadero que ha tenido en su vida -¿quién demonios se atrevió a decir que “el amor necesita de tiempo”?- y del cual, tal pareciera que se aleja para siempre.
No sabe si llora, la lluvia sobre su rostro lo transforma en una estatua que bien podría descifrar un Juan Rulfo en sus mejores tiempos; entre estruendos y fotografías instantáneas para el querido álbum familiar.

Al caminar por el tercer patio, tan paternalista y abrumador como los dos anteriores, aprovecha para limpiarse un poco el lodo de los botines atascados.
La avenida ya está cerca y él ya está más que empapado; todo por culpa de esa maldita solapa, ideada mas bien para gentlemen con sombrilla a las puertas de Bellas Artes
[2] en los años cuarenta.
La lluvia le otorga un toque de melancolía a las ciudades grandes y más aún a las ciudades enormes como esta; ese sonido de neumáticos rodando, derrapando en el asfalto mojado refleja la tregua que el hombre, limitado que da lástima, sobre todo en estos tiempos en los que todo es más cómodo, comparte con la siempre ganadora Madre Naturaleza.
El par de torreones discretos centenarios que vigilan sin defensa la entrada a la fortaleza ven llegar a Ramón hecho una sopa, recalentada tres veces, sin condimentos que ofrecer.
-¡Carajo! –desesperado, conjugando su grito con el rugir de esos motores ahogados. La luz titilante ya no se ve a lo lejos y esto inquieta sobremanera a Ramón.
-¡Diana! ¡Mi amor! –es tan fácil escribir acotaciones como esta; tan difícil describir el dolor.
Su intuición –si a estas alturas se puede hablar de ello- bien sabe que no puede dar marcha atrás. Debe salir del hogar, del castillo, tal y como se lo prometió a Diana.



El aguacero ha amainado. Las cascadas lejanas con sus gargantas juveniles, caudalosas, vuelven a recobrar esa voz fresca, tan fresca como la noche en esta calle antiderrapante, pavimentada; mustia en un modernismo falso.

Para ser domingo por la noche hay bastante tráfico. El cerebro de Ramón tarda muchos segundos en reaccionar; al igual que una computadora antigua a la cual se le quiere introducir a la fuerza un programa moderno. Se da cuenta de que es el último peatón, además de ser el único tonto que se está mojando en la llovizna –al menos la Polaroid ya se ha ido a fastidiar a otra parte.
“Las reglas desnudas”, este es el nombre del programa ultramoderno que su cerebro acaba de asimilar: debe caminar tres enormes cuadras para encaramarse en el puente peatonal más cercano. Del otro lado, a pesar de que la llovizna cesa casi por completo, no puede precisar si ha llorado lo suficiente o si está llorando; ¿acaso ha llorado?
El sentir de su alma le da la mejor respuesta; el programa enchufado que poco a poco trabaja le sugiere: “Acepta”. Sus dedos entumecidos.

El bar semivacío. Al entrar, el instinto de conservación lo obliga a relajarse –el programa ha sido aceptado por completo... ¡maldita sea!
La escena que ve, secándose el rostro con sus manos mojadas, lo remonta a cierta portada de un disco de Led Zeppelin.
“¿‘Coda’? ¿‘In Trought the Out Door’?”
Caminando hacia la barra, quitándose el sombrero que sacude en el suelo hasta encharcarlo, desabotonándose el impermeable con un gesto de mal humor, le llega la imagen de Diana arriba de él siguiendo con los movimientos de su cadera enloquecida algún pasaje de “Gallows Pole”, del ¿Zepp III?
-Más bien era “The Rain Song”, la parte intermedia... –murmura para sí; siguiendo su camino fastidioso con la mirada fija en el suelo gastado; recordando a la vez el día que Diana posó para él, como espejo despedazado en un lienzo blanco, ante sus manos vacías.
-Y una vez más retornas cuando ya te has marchado.
-¿Cómo dice? –le pregunta el cantinero asombrado, dicha sea la verdad, de la apariencia de Ramón; mientras este se acomoda indiferente en un banquillo de la barra, escurriendo agua en el piso, empezando a formarse otro charco en el suelo opaco.
-No he dicho nada. No diré nada nunca –responde Ramón tajante al cantinero impecable de camisa blanca y moño ridículo -como todos los moños- de otro insufrible tono en rojo que el cliente evade por completo al clavar su rostro en la barra brillante de limpia, adornada por botanas rancias y ceniceros renovados.
El barniz de la barra comienza a ponerse blanco al colocar Ramón sobre él el impermeable y su sombrero, ante la complacencia del cantinero.
El tercer y último ser humano que se encuentra dentro del antro abre sus labios torpes, al lado de Ramón:
-Bueno... al menos essscríbele a Pablo –el cantinero- lo que quieressss t-tomar... –se trata de una mujer joven que entró al bar en el momento en que Ramón saliera de su hogar; sentada en el banquillo opuesto, diestro o siniestro al de Ramón, tomando una servilleta y ofreciéndosela extrovertida como medio de comunicación al hombre.
El cansancio de amante y caminante lo llevan a clavar de nuevo el rostro en la barra, tiritando de frío; dejando a la anfitriona con la servilleta semejando una bandera inmaculada ondeando en la nada. Pablo guarda la pluma -que momentos antes le ofreciera presto a Ramón- en la bolsa de su camisa.

Todas las servilletas del último paquete sirvieron para secarlo del rostro hasta el pecho con un toque femenino; envolviendo Pablo el temblor de su cuerpo en una cobija mientras la mujer acababa de secar sus pies con las últimas dos servilletas; y otras más, rescatadas de un bote de basura, limpiando el lodo hasta los brazos. -Y pensar que el domingo se va.




El sexto tequila doble lo invita a vibrar con prontitud conveniente –el programa acusa problemas.
No es fácil distinguir una imagen en la televisión a través del alcohol embarrado en un caballito
[3] forzado triple; sobre todo cuando la frase contundente de los Presuntos Implicados, elegidos por Ada -la gran anfitriona- en la rockola, se mezcla con el humo de tres cigarrillos –Marlboro, por supuesto: no hay que olvidar que Ramón ya traspasó el límite del surrealismo.
Ramón intenta hallar lo indescifrable en la pantalla mientras pide otro tequila; imaginando el paraíso de Diana en la blusa insinuante de Ada.

Es realmente problemático entender que la vida tiene un límite cuando los médicos se proclaman dioses de su propio destino. Es tan fácil olvidar por un rato al mundo que molesta los sentidos: en la TV de veintitantas pulgadas, a la izquierda de Ramón, una Playgirl, con las intenciones de la reina de junio en Private, desfila de perfil golpeando mecánicamente un pequeño tambor dorado que cuelga de sus hombros, simulando ser un erótico robot, un fatídico “conejito” de ida y vuelta sin cesar, apareciendo espectacular el plan único: ENERGIZER. El país entero se quiere comer a la modelo sin darle importancia al par de pilas incrustadas en su espalda:

¿Porqué no la pruebas?
¿Porqué no lo intentas?
ENERGIZER
¡Mmmmmmmmm!

-N-no puedo apagar esste cigarro... No podré firmar el acta. Mi única renuncia real. ¡No puedo entregarme como ella lo hizo!
-Sssigue bebiendo... –le responde Ada a Ramón, enfundando los pies arrugados del huésped en unas sandalias forradas de algodón que Pablo, como experto cantinero, guardaba por ahí para alguien como él-; y de una vezz te lo digo: t-tu dinero no me interesssa.
-A mí t-tampoco me interessa mi dinero. ¿Por qué no nosss deshacemos de él?
La chica, quien es de semejante edad a la de Diana, y quizás más hermosa; definitivamente menos interesante, saca de su enorme bolso, bajo el bausher y mil cosas más, un encendedor desechable, ofreciéndoselo con ademán sarcástico a Ramón:
-¿Te sssirve esssto para deshacerte de tu dinero? –le dice con discreta sonrisa que ya demuestra los excesos de la velada; sin perder detalle de su protegido.
-¡Era una broma! –responde Ramón-; ¿acassso no tienes sssentido del humor?
Pablo permanece a la expectativa, recargado en la vitrina mientras seca algunos vasos. Al fin se da cuenta de que nada fuera de lo común ha sucedido en su negocio.
-Mi sssentido del humor lo olvidé en casssa –dice Ada.
-¡Puess vamos por él! –perdiendo toda compostura sobre el banquillo; sin darse cuenta de que el agua que sigue escurriendo de sus ropas ya se desliza hacia los baños del bar.
Ella acepta un cigarro viendo a Ramón directo a los ojos. La complicidad de los Implicados declara por tercera vez; mientras Ramón la amenaza:
-Sssiempre y cuando no t-tengas miedo de que te asssesine –dirigiendo hacia ella su semblante que a cada momento pierde palidez, ganando en euforia. Ada le sonríe, al verter su mirada clara y su cabellera negra ondulante en los ojos vacíos de Pablo; entre ambos un vistazo cómplice:
-Yo ya essstoy muerta –afirma contundente Ada, triturando con sus muelas, hasta escucharse el crujir de su dentadura, un puño más de esos terribles cacahuates; semejante al estilo con el que Diana suele devorar cada gajo de sus mandarinas.
Ramón reconoce ese modo de masticar; transportando sus imágenes hasta aquella blusa florida y los zapatos de niña de secundaria que se obstina en lucir Diana cuando ambos suelen sortear las piedras a orillas del río. Al tiempo que ve de reojo la pantalla de la televisión, donde millones de absortos necios, hábidos todos ellos de emociones que olvidarán, una tras otra, en menos de un minuto, no se ponen de acuerdo respecto a si las plagas de ciertas semillas que el país produce debiesen industrializarse, “ya que de esta manera el ingreso percápita nacional podría aumentar en un 0.001 por ciento”.
-En ese cassso –responde Ramón- creo que ninguno de los dos t-tenemos nada que perder... Ya no pretendo; ya no sssoy; ya no me puedo ir.
-¿Realmente crrrees que no tenemosss nada que perder?
Antes de responder, Ramón tiene que refugiarse en ese azul del cielo plasmado en sus recuerdos como único amparo ante el eterno enemigo de caminos y ángulos caprichosos representados por los ingenuos escondites de su morada de amor. Tal y como lo cuentan los cercanos bosques en esas viejas y osadas maniobras por lograr que las vertientes sigan manifestando su poder; en donde todo sigue siendo lo mismo, distinto. En donde Diana ahora es invisible.
-¡Vámonosss de aquí! –grita Ramón, azotando su caballito vacío sobre la barra; acomodándose hacia atrás su cabello humedecido.
-¿A dónde?
-No me imporrrta. ¡A cualquier parrrte!
-Mi rrreputación le pertenece a esta sssucia barra, chico.
-Mi vida le perrrtenece a los blancosss montesss, muñeca. ¡Y tú no eres más que ella... acaso másss que yo!

La conciencia no puede conocerlo todo; pero, aunque parezca contradictorio, sí logra asimilarlo todo, hasta lo no conocido.
Pablo, a pesar de haberse convertido en momentáneo mecenas en el luto de Ramón; tomando en cuenta que en ocasiones el amor y la pasión suelen fundirse en un concepto, eternos ocasionales, se concreta a recibir varios billetes, con todas sus pruebas antifalsificación desbarrancándose por los bordes, de una mano que en sus formas recibe a la vez las violáceas notas de los “Implicados”, por nuevo capricho de Ada.
Pablo le pide a ese par de presuntos afortunados que ya se marchen, antes de que al usurero de Hates se le ocurra crear una nueva versión del programa.

¿Y qué demonios está pasando allá arriba, más allá de los programas que todo lo encapsulan para convertirse en dioses de una idea, de un sentimiento, de una historia en potencia libremente destronada por culpa de realidades ensombrecidas en razones, progresos, Estados y hombres; dándole la espalda a los sembradíos y hasta al calamar pestilente que Pablo retira de la barra mientras Ada ayuda a Ramón a levantarse del banquillo?
-¿Dónde demonios essstán esos blancosss m-montesss de los que hablas?
-A tress cuadras de aquí.
-Ya essstás borracho, muñeco.
-¡A tress cuadras de aquí! ¡T-te lo prometo!
-La vida te perdona –grita en susurros Pablo sin mover sus labios-, la calle te olvida; la calle se adorna; la vida termina. Germinas al aura –Ramón, intentando ver fijamente a los ojos de Pablo, no entiende una sola palabra; más tarde quizás.
Recogiendo el sombrero de palma y el impermeable del suelo, que durante meses bien podrían no volverse a mojar, así como los botines inservibles de Ramón, Pablo encamina a este, también del brazo de ella, hasta la entrada del bar. Cuatro botellas, dos de tequila, una de ron y una última –absurdas decisiones en la borrachera- de brandy son el toque final antes de encaminarse ambos al cuarto del hotel del que depende el bar de Pablo; quien fuera del programa se diluye absoluto junto con su bar; no sin antes guiarlos hasta el lobby.

Los fantasmas emergen en plácida soledad. Lánguida nostalgia por la otrora fecundidad de la tierra. Dulce sonrisa de los arcos empedrados ante el pausado desfile de un par de ilusos.
Y es que Diana, con todo y sus cáscaras de mandarina desparramadas por su cama de piedra, ha sido la única persona en este mundo que ha llegado a comprender el alma de Ramón.

Alas cenizas
exhumadas
por el viento






III

“¡Por Dios! Tal vez siga siendo domingo y la lluvia ha retornado!”.

-¡Cielos! –todo efecto de las copas paulatinamente se disipa en ambos, desde el momento que entraran al cuarto, hace apenas quince minutos-, ¡Sigue! ¡Sigue!
Brizna de sonidos citadinos en el mar de nuestras cartas o la lluvia de la primer aventura; rodeados, así como estamos, de manzanos que acarician muda neblina. Aferrados a la intuición; posando para los lugareños curiosos en un ensayo de libertad. Las vacas paciendo sin semental nos miran; y Whitman flota, come yerba, nos bendice.
-Bajo mi sombrilla.
-No sé de qué hablas, Diana querida, pero este aroma me indica que tu saliva sabrá lubricar mis sueños. Tus jugos mi morada, allá en el monte; con el cabello enjuagado en estética de ojos y olfatos.
Desde el piso treinta y nueve se escuchan perfectas las cascadas a lo lejos; absurdamente conjugadas con un eje vial desnumerado
[4]; todo gracias a la luna plena que inunda su silueta en medio de las nubes.
Y la quietud.
Ramón descubre la punta de un cigarrillo ardiendo, temblando frenético en la mano de Ada. Sus cuerpos aparentan diez años menos de los que realmente tienen; sus pensamientos se atreven obligados diez años más.
Moraleja de una fortificación colombina inspirando los embrollos en la urbe caótica; animada por el juglar de notas tardías. Sadomasoquista consumado que se masturba en el baño mientras su mujer lo espera en la cama; a menos que la ame demasiado; a menos que esté muy enfermo.
En ocasiones el verdadero amor se basa en la abstención; experimentando el éxtasis del sufrimiento, de frente al único valor digno: él mismo, purificado ante la valía que su mente logre soportar; extrañando la caída, simulando una actuación. Joven para entregarse; viejo para manar. Experiencia individual soportable bajo propio arbitrio.

-Eres peligrosa porque eres honesta. No fue nadie; todos nada pueden hacer ahora.

Miles de mulas
miran los restos
Ruinas, huesos

Por primera vez en la madrugada suspira profundo, al asimilar que Diana al fin es libre como quiso serlo siempre; independientemente de las situaciones fortuitas.

Gracias a las botanas insufribles que no comió, Ramón siente náuseas; mientras tanto Ada se da un baño.
Su aliento entrecortado le exige volver al hogar; siguiendo el canto de la regadera recorriendo ese cuerpo que en verdad desea; mezclado con el murmullo de los neumáticos mojados, cómplices de tantas historias semejantes o más terribles que la suya seguramente, desde hace décadas y hasta el siglo venidero. Atrás y adelante.
Su llanto cesa; no es mas que uno más.

Es julio, presente sin tiempo de fraguar. Hilo intemporal fácil de romperse.
Al salir del baño, modelando sus hermosos muslos nevados en tormenta, apenas cubriendo el resto con una toalla, Ada, agotada, ve el despojo de un ser hundido en dolor al pie de la cama. Su desnudez absoluta lo colman de cariño sin tregua al darse cuenta de que ya se ha tomado una botella de tequila, dispuesto a violar la de brandy.
De inmediato Ada llama al servicio del bar, pidiendo a Pablo dos litros del refresco que provoquen el milagro al tercer día y varios almohadones que pueden ser la diferencia entre el ocaso de un ada y su ser elegido.
Resulta absurdo ir en busca del hedor de la estratósfera cuando el mejor amigo del hombre es un vicio sutil como lo puede ser el sexo: obstinación de olores y alturas, necesidad transformada en placer, en rencor.
Ramón ya no desea. Ramón ya no odia. Hundido en el pecho de Ada se sabe perdonado.

La pequeña Diana abre la ventana de su humilde recámara para tomar con sus manos infantiles un poco del granizo que golpea sin consideración su casa. Le encanta ver llover; a pesar de que el granizo la atemoriza.
Cuando al fin la lluvia fragua la tregua, Diana, la niña de un sueño, sale al patio para colmar su alma con ese aroma a humedad envolviéndola en la única fantasía que parece no terminar. Lame las paredes mojadas para luego mover las ramas de los duraznos y ver docenas de mariposas de alas blancas salpicadas con gotitas de agua, saliendo de entre las hojas, de entre los frutos, tal y como se lo enseñara un niño del barrio, luego de darle su primer beso “al revés”.
-¿Te gusta mi disfraz?
-Me gusta lo que siento.
-¿Y qué sientes?
-Siento que si no te hubiera conocido ahora, te hubiera conocido después. Al tercer día.
El llamado de su abuela la obliga a despertar, a recordar el sueño.
En lo alto, tres zopilotes
[5] planeando ligeros. Confeti, serpentinas.

Ramón duerme.
Con toda la ternura de sus vidas pasadas, Ada sorbe la gota de sangre que mana de los visillos en los labios de Ramón, su propio cuerpo, con los brazos temblorosos cubriendo avergonzado la intimidad y los ojos apretados, titubeantes, esperando acaso una patada en las costillas.
-¡Reacciona! –le ordena Diana, única voz que Ramón puede obedecer- ¡Y deja ya de temblar!

-¡Reacciona!-lo sacude Ada sobre la cama, desesperada.

En el otoño florecería el retoño, sin darle la mínima oportunidad a la razón. ¡Qué peor absurdo a la ceniza en el lecho del agua! Y ese pirul
[6] retorcido repleto de mariposas hibernando en pleno verano; ensortijado en sus brazos rebeldes que lo convierten en partícipe refugio.
La inmundicia de un “Sam’s” y las luces del centro de la ciudad se apagan. Interminables filas de autos diminutos en el lunes que se fragua en cristales acertijo. Las cascadas callan.

-Me quiero ir de esta ciudad –es Ada en otra voz-, en tus alas y en las alas de mis capullos florecidos; como un par de Pres... –suena la radio-. Ven, no tengas miedo; yo también estoy enferma; no eres más ruin que yo... Ahora, por favor, métete a bañar.

Ramón obedece dócil.
-Su agonía también fue dolorosa –sigue hablando Ada-, incluso humillante; y tú lo sabes. Siempre es mejor cuando cuentas con alguien que realmente te comprenda.

Al salir de la regadera Ramón se encuentra con el manjar desnudo sentada sobre la tapa del WC. El semblante de Ramón ha mejorado un poco; al fin acepta que ha llorado desde su salida del hogar. Ada le acerca la misma toalla con la que ella se secara.
Y el respeto natural: la voz de las cascadas dando paso a un canto indescriptible de las aves, sorteando una que otra de ellas la agresividad de las aguas libres; reflexionando Ramón una gran lección, sin origen, sin destino; personal, benévola a la paz. La gran cascada en esos tubérculos geométricos; acertijos biológicos: virtud intraducible o simple instinto.

Al cerrar tardíamente la regadera Ramón se encuentra listo para responder a la trama de Ada:
-La falda que lucías anoche no te beneficia en lo más mínimo –ofreciéndole las últimas gotas de brandy-; además, según me dices, creo que tanto tú como yo somos homicidas, pobres diablos condenados a muerte. Reconócelo.
-La muerte no existe cuando ya has muerto –responde Ada con cierto aire de extraña alegría.
-¡Estoy cansado del rencor!
-A estas alturas el rencor persiste en una pequeña punzada –afirma Ada-, es la incongruencia terrenal; ¿no te das cuenta? tres días; tres aves buscando carroña; y después...
-¡Estás loca! –abotonando su camisa de solapas perfectas frente al espejo del tocador; a la vez que acepta, con risa burlona y la actitud del infiel vulgar que se prepara para ir al trabajo por la mañana de un lunes, que sus treinta y cuatro años parecen cincuenta al terminar de amarrarse sus botines con restos secos de lodo.
Extrañamente, el sueño, la resaca, los remordimientos, todo, todo lo que puede atar a un hombre a un sufrimiento o a una rutina se esfuman de Ramón. Se siente tan ligero de cargas y de culpas como un niño de ocho años que sale a jugar luego de la lluvia. Su impermeable, el sombrero y la linterna olvidados para siempre en el suelo, al lado opuesto de la cama.

Un sol anaranjado descomunal, apenas surcado por alguna nube trasnochada. El cielo que se despeja deprisa le da la bienvenida a Ramón desde la ventana del cuarto de hotel; al tiempo que se pone el chaleco, seco, con el aroma de Diana, quien lo tejiera para él.

“¡ENERGIZER! ¡MMMMM!... ... ... Bien, seguimos con su programa favorito: ‘Y Usted... ¿qué haría?’... El tema de hoy se lo recordamos con mucho gusto: ¿Son realmente necesarios los botes de basura en los hospitales? ¿No sería razonable el ahorro ínfimo del gasto público si se prescindiera de ellos? ¡Llámenos! ¡Déjenos conocer su opinión!
“Esta mañana nos acompañan personalidades de la iglesia, del Movimiento Nacional Insurgente por la Asepcia, de la Asociación Pro-Mujeres Vírgenes y del Patronato de los Antorchistas del Ayer... Pero su opinión es la que más nos interesa: ¿Son realmente necesarios los botes de bas...”

Sigilosa como húmeda mariposa, Ada se va, debe irse; escurriendo de sus ojos un par de lágrimas negras.





IV


-¡Diana! ¡Tu nobleza nunca pudo arrancarse el pasado! ¡Nuestra osadía padecerá futuros! El presente lo tiro en un basurero clandestino; los botes de basura están repletos de experimentos en papel.
-Ni yo misma sé dónde estás ahora. Tan sólo razono que te comienzo a comprender. Me conformo con ver folletos de ti.

“La inclinación natural de estos árboles frondosos, por efecto del viento, a las faldas de nuestro barranco; ofrenda ceremonia a nosotros dos”.

Ultima regla
génesis de oro
éxtasis puro

Sonidos del agua y el viento mezclados lo necesario para admirar el dominio del otro. Todo en su sitio, predestinado; capricho de nuestra paz perdurable, espontánea. Serena y sencilla vegetación respetuosa, estética, en la piedra húmeda; el viento, el vegetal, todos se respetan cual origen de niveles adaptados a enormes escalones por los cuales dos gigantes descienden, ascienden, ahogados emergidos en lágrimas surcando tu rostro de masoquismo. Romanticismo del dolor.
-Te he perdonado.

Caídas
silencio

Bocas secas
que se aman
en prisión

Puerta que da paso al verdadero amor: el perdón. Y los nudos ceden tan fácil como se apretaron.
-Fácil soplo sobre el polvo de siglos.

Desde lo alto del puente peatonal Ramón descubre la cabaña coronando la colina, apenas despertando de la niebla al despedir a lo lejos las últimas nubes sin vocación de tormenta. El sol las ilumina.
Emoción tan grande de libertad que a nada rodea. La armonía que todo lo impregna lo absortan al punto de complacerse de los perros callejeros meneando su rabo al pasar a su lado; mientras tanto, allá abajo, entre charcos de lodo del smog arrasado, peatones presurosos sortean a los autos; sin saber que el suicidio precisa el mínimo de clase.
Gran parte de la ciudad ya discute en cafés, en oficinas, en antros, en hogares, acerca de la suerte de los basureros, de los hospitales, del famoso ingreso per cápita.
Ramón quisiera volar para llegar al hogar, encontrarse con el infinito y una duda circundando ese vestido de florecillas amarillas esparcidas alrededor de sus caderas. En el cesto de la ropa ambos aromas, al lado de las toallas y los mutuos rastrillos y los envoltorios de granizo y cáscaras de mandarina.
-Tu rostro en penumbra –reacciona Ramón.

-La luz el corchete; mi sangre la vid –vibra la voz de Diana.
-Regreso. Me niego a volver.
-Zozobra la llave. Naufragio la vía. ¡Sigue!
-Evadamos el pacto de piedra.
-Tienes razón; y es que no huimos; procedemos.
-Las preguntas son errores. Tu respuesta el acierto.
-Falacias. Línea distante de un dogma que se añora.
-Mi real memoria que vuelve a ti.
-¡Sigue!
-De miradas nuestro espacio. ¿Tus ojos aún desean verme?
-Sí. Ya mis labios crean visillos.
-Son las voces de mi sueño.
-Tu recuerdo es mi testigo.
-El murmullo de la lluvia resbalaba en tus labios.
-La niebla desliza en mi cabello tu camino.
-Un instante de mi risa y sin prisa te he perdido.
-¡No! ¡Sigue! ¡Sigue!
-Resignada tan despacio... el vacío del castillo.
-De tus tristes pies de ave deslizabas matorrales. Aun antiguos son tan reales. Tan ambiguos nuestros males. Tus lunares, tus destellos.
-Mis visillos naturales.

Pirul moribundo, fatigado, adornado desde el suelo hasta el cielo por un heno irreverente que no sólo modifica sus sombras; también embellece, glorifica la agonía; acaso la resurrección del anciano.
Su tumba cercana adornada por centenares de piedras gigantescas como dados vertidos en cascada inmóvil de prismas despedazados que brotan de lo alto en la montaña. Frescas semillas de mandarina desmoronadas desde el granero.
Lanas fértiles de un heno fragmentable en blancos estruendo de aguaceros coloreando la cañada y los bosques.
El árbol es de roca y las rocas son del árbol.

-¡Sigue! ¡Sigue! –implora Diana, al advertir que la fe de su amor puede asirse del heno del anciano.



El semáforo preventivo se eterniza en las pupilas cristalinas de Ramón, dejándose arrullar por el murmullo de la avenida. Sus ojos se cierran guardando la luz roja.
Ahora es el verde, el ámbar, el rojo de nuevo. Es el último semáforo. Los torreones parecen sonreír al descubrirlo diluido entre docenas de peatones.
Se está acercando a ella. Un paso, una decisión a la orilla de la banqueta los separan.
La valentía no es tanta cuando es instinto. Una hazaña es el silencio relacionado con la necesidad de sobrevivir.

Silentes martirios del árbol en brutales conciencias. Espacio aparte del rompecabezas de un miércoles.
El relieve que se burla de cualquier inspiración.
La sirena de una ambulancia se escucha tan lejana como tres rapiñas se alejan más allá del horizonte.

Y es que quizás el árbol es de roca, desde el momento en que las rocas sepultaron al agua, al árbol.

-Y a nosotros dos –afirma Ramón, recobrando el aliento; acariciando la piel curtida, la corteza fragmentable como pergaminos de osados mensajes; develando al tacto la piel forjada de un Guerrero.

En esta mañana el viento ha decidido jugar con las cascadas, creando brisas prematuras con vestigios de un sol que asciende apenas; coda de una sinfonía labrada por ella. La cascada es su risa, sombría exuberante. Paisajista sin lienzo en penumbras que escurren en las primeras horas del día sin semana; escalando la tierra blanda, agradecida; embudo anverso. La brisa es el límite todavía lejano.

-Odio el candor de inhumar a los muertos –evoca Ramón-; bien sabes que detesto los proverbios y las excepciones a las reglas. Me inquieta el error de cumplir bajo pena. La jurisprudencia y la siesta fatal.
-¡Por favor! ¡sigue...!
-¡Ayúdame! Hay apatías en el núcleo cuando te confieso que gusto del postre de vinagre y miel. Enternezco al recinto y el proverbio sugiere: Todo, una vez.
-El sol entre tu pelo, fuera de su Dios; en lágrimas y tu sangre; soltura de un instante.
-¡Ayúdame! –Ramón casi lo logra- ¡La paciencia es excusa en nuestra Libertad!

Coinciden matiz, licor y fe. Rigor de la ira fluyendo en desvelos. Siluetas de lunas en su sien vana.
Ramón le sonríe al verde. Sabe que nunca más cambiará al ámbar. Ríe, carcajea sin escuchar. El viento armoniza su alegría. -Ramón recuerda el momento en que bajó de la banqueta.



-Son las diez y retornas, cuando te has marchado.
-¡Es que tu molino fue falaz! –grito sordo de Ramón hallando fuerzas de su propia agonía-. Acogías lo sublime en vulgar sutil discordia.
-Simples intuiciones de un espejo.
-Suelto cabos. Privilegio de mi holgura.
-Somos pelos que brotan en la pared; cavando el aire, divagando mudables, mordaces.

Latitud novedosa en una forma, en el amor logrado al final de la holganza. Neuronas buscando brújulas de razón. Luego, nada. Origen buscar, virando la expresión Más... Estirpe.

-Doy –exige Ramón a una Diana cercana como nunca antes; volviendo su vista hasta la mancha urbana que acoge su desventura afortunada-, nunca obsequio. Soy espiral.

Evitar sucede la idea de un Neruda en alcohol. Van Gogh fue más, mucho más, momentos antes de partir.

-No ataco –murmura el Guerrero, dispuesto a escalar la tumba del árbol moribundo-, sólo ensayo. La culpa no nos agrede; estudia y ríe de nosotros, entre etiquetas de sal.

Diana se envuelve en las cobijas sobre el lecho de piedra. Sabe que él no tarda en llegar, para evitar, como siempre, que ningún fermento del viento se cuele en su intimidad.




Los torreones del castillo hostiles a vanos combates; fértiles ante el poder, aceptan lo abstracto en un vasto suspiro cuando ven llegar a Ramón a la cabaña; obligando a los pedernales a afilar sus uñas para que nunca nadie entre en la fortaleza.
El Guerrero ha derrotado su incertidumbre.
Al cerrar la puerta, hinchada de orgullo, la D y la R se diluyen junto con el follaje que las enmarca; igualmente docenas de rastros de ceras, algodones, dolor.
Y Diana despierta.
Un viento ligero recorre su cuerpo desnudo. La simple brisa apaga el cirio.
Petates marchitos soportan los pasos de un Ramón simplemente enamorado; quien, con los ojos hinchados, le dice a Diana lo bien que se siente estar de regreso en el hogar.

-Buenos días... –apenas asomando los visillos de sus labios, le dice Diana; reconfortada sobre la cama; sin importarle en lo más mínimo dónde pasó la noche su hombre.
-Buenos días –responde Ramón, con una sonrisa de paz.
-Quisiera contarte un sueño que tuve esta noche; pero ya no lo recuerdo; sólo evoco una emoción... ¡Cielos!, ¡tan bella!
-Una vez te dije que la lluvia hace milagros.
-¡Te cambiaste de pantalón!
-Nunca más volveré a hacerlo.
-¿Te gusta mi disfraz?

Colocando su taza humeante del “Gato Silvestre” al lado de las “10:01”, entre eso que, los ajenos a esta historia, podrían interpretar como eternidad.
[1] Tapetes trenzados de palma. También utilizados en los pueblos de México como camas.
[2] Palacio de las Bellas Artes, de la ciudad de México.
[3] Vaso pequeño y alargado; especial para tomar tequila.
[4] Las avenidas en la ciudad de México son conocidas como “Ejes Viales”, cada uno de los cuales posee un número.
[5] Aves de rapiña.
[6] Arbol frondoso, muy común en el altiplano mexicano; cuyo fruto es alimento para las aves.