Nada; excepto tapizarme el pijama con ese pelo rebelde, cálido de mi perro; y las pantunflas de hojarasca que, a cada paso que doy en el jardín, bien sabe interpretar la música original, la última versión del otoño, en mi rostro sin rasurarme que busca al sol; quien a su vez no se cansa de idear, para mí, máscaras-folleto, tatuajes momentáneos entre las ramas de la parra; mientras las uñas halagan a mis genitales y la nariz, en un relajo tal, que por un instante se me olvida respirar.
Las comisuras de mi boca se han venido vistiendo, desde hace un par de horas, de la evaporación condensada, manifiesta de un tinto económico, pero estupendo; tanto que pareciera que mis recuerdos comienzan a partir de esa gaviota perdida que pasa volando sobre la casa. –La cuenta del banco pesará unos cien gramos menos…
Cuando el Ron, mi perro, se va por allá a ladrarle a alguien; o de pronto cae a mi lado una hoja seca de la parra, como satisfecha cáscara que contenía al sol tibio; o si el metro, en la avenida, llega o se va, entonces me desperezo, me vuelvo a rascar.
Esa gaviota encontró su camino un lunes sin igual, antes del mediodía.
Me queda lo justo para otra botella, pero creo que mejor compraré una nube para la Jany -mañana el metro me las robará todas.
Al amanecer, mis pantunflas sabrán guardar el secreto.

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